"Soy un vampiro, y tras años y años de experiencia aprendí a soportar la luz del sol, los ajos, y las estacas en el corazón."

~Jack Red
Mostrando entradas con la etiqueta Recomendados. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Recomendados. Mostrar todas las entradas

19 mayo 2013

Página nº 10 del cuaderno de Pablo

Hubo una vez esta noche en la que sólo buscaba mi loqus amoenus y encontré ése desierto de espinas que todos tememos, ese infierno de impotencias gobernado por los ignorantes y los carentes del más mínimo atisbo de humanidad. Me enerva cuando pequeños diablos sirvientes de su propias inseguridades se afanan en resucitar sus valentías con una pequeña victoria como sacrificio, iluminándose como focos de polideportivo mientras se empeñan en parecer estrellas, mientras aguzan las pobres y escasas armas con las que defienden sus entrañables conquistas, mientras caen presas del rastro de migas del que emergieron.

Ojalá se pudran,
ojalá sea pronto.

16 julio 2012

Sol y réquiem

A mi madre y mi abuela, que no se preocupen, agarro muy fuerte mis recuerdos.

Cuando era niño y alguien del pueblo moría, la gente se vestía de negro, agarraban con fuerza todo lo que podían recordar de esa persona, como aquella vez que le pagó la gasolina a tío Alfredo o aquella anécdota tan graciosa de la mantequilla, y salían a la calle, rumbo a ese edificio viejo que se encontraba "un poco más allá" del puente del encinar. Para llegar allí, había que recorrer una calle escoltada por árboles de hojas verdes y rojas que se erigían firmes como guardianes indestructibles. Recuerdo que las ramas se movían con el viento, y hacían un ruido como de cascada, fresco y distante. 

Recuerdo el sol...

Cuando era niño y alguien del pueblo moría, siempre hacía mucho sol, un sol abrasador incluso en invierno. Esta vez se murió Doña Camila, que había sido maestra de mi papá cuando él era pequeño. Mi mamá me vestía con la camisa y el pantalón negros, y mientras me decía muy entristecida: -Hijo, tienes que agarrar muy fuerte todo lo que seas capaz de recordar de ella, y no lo sueltes, por lo que mas quieras, entonces cuando llegues allí y la veas tumbada mira los recuerdos y suéltalos uno por uno, no tengas prisa, deja que vuelvan a ella, y cuando termines sales y nos esperas en el banco, ¿Me has entendido? 

Yo asentía con la cabeza...

-Sobre todo no se te ocurra hablar.

Cuando era niño y alguien del pueblo se moría, y mi cabeza estaba puesta en mil juguetes y fantasías, mi mamá me ayudaba a agarrar recuerdos, decía: -¿Recuerdas cuando te mandó traerme aquella bolsa de compra? ¿Te acuerdas de cuando te regalaba canicas? ¿Y de cuando cenamos con ella en aquel restaurante? -Uno a uno me los iba dando en la mano, y cuando creía que tenía suficientes, me los ataba con un beso en la frente para que no se escapasen y se perdiesen. Yo hacía mucha fuerza para tenerlos bien sujetos contra mi pecho, y tenía mucho miedo de que se soltaran. Mamá me daba la mano, salíamos afuera y empezábamos a caminar por la calle de los arboles altos como gigantes, rojos y verdes, frescos y susurrantes, igual que todos los demás, iban como nosotros, de negro, con sus recuerdos bien agarrados, en un silencio roto únicamente por el oleaje de las ramas.

El sol nos daba de cara y nos cegaba convirtiéndolo todo en siluetas, se pegaba a la ropa, nos hacía sudar, como siempre que alguien del pueblo se moría...

Llegados al puente del encinar podía divisarse "un poco más allá" el viejo tanatorio, a lo lejos, solitario, sobre una leve colina. Se podía ver, cuando el sol te dejaba, una fina corriente de figuras negras caminando a paso solemne y procesionario, por un camino de tierra hacia el edificio. Miraba a menudo a mamá y a papá, y en sus miradas no podía descifrar si no una profunda tristeza, ese tipo de tristeza que parece que lloras con la voz en vez de con los ojos. Ellos no me miraban, y yo volvía a poner la vista al frente, entrecerrando los ojos para combatir la luz del sol.

En parte era como un sueño, imágenes difusas, escasos sonidos, una atmósfera espesa y silente, ni agradaba ni desagradaba, simplemente había que hacerlo...

Llegados a la sala del féretro, la gente formaba una fila de a uno y, tomándose su tiempo, iban turnándose para soltar sus recuerdos allí. Yo jugaba a que podía verlos entrar en ella como si se tratase de su propia alma. Cada vez que alguien abandonaba la fila, podía ver que aquella profunda tristeza había sido sustituida por una solemne tranquilidad, algunos hasta parecían sonreír. Llegó mi turno, y me coloqué ante Doña Camila, la cual yacía inerte con los ojos cerrados. 

Era tan anciana...

No sabía por donde empezar, así que tomé un recuerdo al azar, ese que hablaba de cuando me agarraba los  cachetes tan fuertemente y lo solté, lo dejé ir, así hice con el recuerdo de cuando se puso enfermita y yo le llevaba caramelos, con la anécdota de la navidad pasada, con los cachetes que me daba en el culo cuando le tiraba del pelo a su nieta... Así hasta terminar. Cuando volví a mirar su cara, juro que vi su sonrisa. Entonces sonreí yo, abandoné la fila, la sala, el pasillo, el edificio, y me senté en el banco de la calle a esperar a mis padres.

Recuerdo que, cuando yo morí, hacía mucho sol. La gente se vistió de negro, salió a la calle con sus recuerdos bien cogidos de la mano, recorrieron la calle de los árboles, cruzaron el puente del encinar, caminaron hasta el viejo tanatorio, y allí, uno por uno, se despidieron de mí con cientos de aventuras y una enorme sonrisa, y eso me hizo tan feliz... 


Cuando todos hubieron terminado, me senté un rato en el banco de la calle... y volví con mamá y papá.



01 junio 2010

La chica de la habitación de al lado


"Mire a donde mire, solo veo mujeres luchando.
[...]
Y ellas mientras, sosteniendo los remos, siguen sin odiar las galeras, y reman."
~Escandar Algeet




La chica de la habitación de al lado hace su vida en su margen, y piensa que nadie piensa en ella, yo con ésto le demuestro que se equivoca.

Mas de una tarde está despierta, éso seguro. Pero pocas veces la veras salir al pasillo, a excepción de aquellas en las que explora la casa en busca del baño, de la cocina, para echar un trago, o para ahogar su soledad en un tazón cereales. Ya saben, ésas necesidades primarias.

Nos conocimos de casualidad, ella y yo siempre podríamos haber sido cualquier otra persona, pero sucedió así, y ahora conviven dos personas contrarias, que más que repelerse se complementan, aunque siguen sin atraerse. Las leyes de la física a veces quiebran las alas de mis escritos, y apenas les dejan volar.

A veces nos cruzamos a la altura de la puerta del baño, y más de tres palabras sí que hemos cruzado, también notas musicales. Comer comemos juntos varias veces a la semana, pero más por obligación y por convivencia, que por de verdad querer hacerlo. Hemos charlado de nuestras vidas y eso, la podría considerar amiga, y sí, la conozco, pero no nos conocemos tanto.

Ella piensa que soy idiota, o algo por el estilo, ya que siempre quedo mudo ante sus palabras, y sólo respondo con gestículos y monosílabos, retrácticos y retrógrados que me restan créditos ante su vista, y por eso a su lado resulto incluso enfermo, triste e impedido (mentalmente hablando). Cree que soy estúpido porque a su lado me siento mascota, tiene control total sobre mi ser, y yo ya saben, tengo ésa facilidad para dejarme llevar por la corriente que generan sus palabras, para dejarme mecer sobre las olas de sus mares.

Incluso me la encuentro al salir de la ducha, envuelto en una toalla y mojado, hediendo a champú y a producto químico, a jabón, y a veces, a su suavizante. La noto enrojecerse lentamente mientras las palabras se tropiezan con sus dientes y caen al suelo, como borrachas. Se apresura y yo me río, y creo que a lo mejor le gusto y también creo que es mentira.

Ésta mañana al salir de mi habitación choqué con ella. Llevaba una taza de café entre sus manos, ahora lleva una taza sin café, y unos calcetines mojados. Viva yo y mi torpeza, mi falta de juicio, y mi egoísmo. Tan sólo pude articular un "Lo siento", antes de que ella marchase, haciendo como si no hubiese pasado nada, con ésa sonrisa estúpida de convenciones sociales a las que se siente encadenada. "Inútil", me dije, y cerré mi puerta.

Parece que a pesar de mis cagadas sigue pretendiendo hablar conmigo, como perdonándome que le deje tan clarísimo que no quiero nada de ella, malentendidos, como yo los suelo llamar. A mi éso me gusta, pero he de decir que no la quiero, y que no haré nada por ir en su busca. Si, todos esos momentos que la alejaron de mí no fueron intencionados, pero son también una ayuda, así lo prefiero.

Aún y todo es agradable oírla tocar el clarinete, a la entrada del piso, donde su perfume se mezcla con el de la calle, y ése ya es su territorio, ahí ya no hay vuelta atrás, te dirijas hacia donde te dirijas te dirigirás hacia ella. Es agradable ver su sonrisa tres veces cada dos días. Incluso es agradable su voz en la ducha, que parece ignorar todas las paredes y todas las barreras, y me sume en el más placentero sueño que nadie pueda tener sobre la tierra.

Yo sé que está triste, y por ello me siento en la bondad de recompensar su entereza. Por eso le escribo éste texto, cargado de puntos de vista donde posar sus miedos, para que pueda verse desde donde yo la veo, y pueda mirarse, como yo la miro.

05 mayo 2010

No basta. (Final de un cacahuete)



Yo no sé, mira,
pero últimamente tengo días tontos, en los que pienso
que a lo mejor el tonto soy yo, haciendo como que no pasa nada, día tras día, y pasa,
que estoy hasta los cojones de estar harto de días que ahora mismo no le desearía a ningún perro.
Te cuento:
Siento que no avanzo, o peor,
que llevo sin avanzar tanto tiempo...
Siento que las palabras no sirven ya para nada, y que el hablar es sólo malgastar saliva, pues diga lo que diga, lo explique como lo intente,
sigue siendo todo tan confuso...
Y ya no sé, me limito a responder "da igual" a todo, y lo peor, es que aún creo que no tengo motivos suficientes para estar así, es lo peor: Estar tan cansado por razones estúpidas.
Harto de la pereza de por las mañanas, de no ser capaz de levantarme cuando suena el despertador, de jugarme mis clases al pulsar el botón que me permite dormir "sólo quince minutos más"
quince minutos que se convierten en cuatro horas de descanso inmerecido. Fatal.
Harto de no ser capaz ni siquiera de escribir algo que me agrade, llevo demasiado tiempo buscando frases únicas que sólo encuentro en otros,
que no me queda más remedio que citar,
siempre por encima de todo lo que escriba, y después leerme y decir "puta mierda".
Cojo la guitarra y no suenan más que melodías ya gastadas en mis oídos, ya ni me motiva, sólo son recuerdos lejanos que no paro de repetir una, y otra, y otra vez, y me cansa.
No soy capaz de hacerlo bonito.
Toque lo que toque me suena a motivo para dejar de tocar. Es asqueroso.
Harto de descalzarme y empezar a tiritar, de que en mi habitación haga más frío que en la puta calle. Odio eso,
que ni siquiera pueda sentirme cómodo ni en el lugar que yo considero mi hogar. Estar obligado
a arroparme y a deshacer sólo la cama,
a ver cómo mi ropa se amontona y hace que ésto parezca la casa de un cerdo, y no tener ganas ni de limpiar.
Me voy a dormir, sólo,
me levanto, sólo,
veo a mucha gente, pero estoy sólo, y éso también lo odio.
No avanzo, ni un milímetro.
Harto de ver cómo el reloj marca un segundo más cada segundo, y cada segundo sea un segundo menos para que ésto se acabe, para cambiar de vida radicalmente.
Ya sólo quedan dos meses, te digo, y por lo visto, serán dos malos meses.
Todos los años igual, qué asco.
Últimamente paso miedo por las noches, y ésto es verdad,
y lo paso mal, en el rato entre que me acuesto y me duermo.
Con miedo a dejar de respirar en cualquier momento, y la ansiedad aparece, me incorporo entre sudores y una fuerte respiración, mareos, taquicardias, varias veces antes de soñar.
Fíjate si es grave, que he de tranquilizarme tomándome el pulso constantemente, para asegurarme de no dejar de latir.
Si el despertar es disgustoso, y el dormir es terrorífico, no te puedes imaginar siquiera cómo es el resto del día, en que el aburrimiento, las bromas sin gracia, los esfuerzos sin resultados, y un largo etcétera hacen presencia, siendo artífices de mis pequeños odios.
Pero sobre todo lo que es jodido de verdad,
es darme cada vez más cuenta de que en realidad te importo nada, o menos,
darme cuenta de que a pesar de lo que sabes de mí, y de todo lo que te he contado,
de tantos momentos que cada vez son menos, y de tanta mentira sobre mentira para sentirnos bien con nosotros mismos, no sientes nada. Absolutamente nada.
Que eso de tu sinceridad es mentira. Que dices lo que piensas, y una mierda. Que eres feliz, los cojones. Deja de hacerte la impresionada cada vez que me leas, abre los ojos, que sé que estas despierta, deja de ocultar verdades evidentes,
y si de verdad para ti no soy nada, dímelo y acabamos antes, y deja de mirarme de ése modo, de abrazarme cuando no quieres y de invitarme a que te quiera. No llego a imaginarme cuán es tu confusión.
Escribo esto para que veas,
que no eres el único motivo por el que estoy tan cabreado,
pero sí el más grande.
Y una cosa más, si cuando vayas a hablarme es sólo para decirme lo asqueroso, lo estúpido o lo payaso que soy, aunque no lo digas en serio,
mejor no abras la boca.

04 mayo 2010

Colección de recuerdos y notas a pié de página

"Creo que no sabría hacer fuego sin un mechero o una cerilla. Tampoco sabría reanimarte si te caes a mi lado, y nunca he visto de cerca a una persona muerta, lo que todos llaman un cadáver, no lo he visto, ni he llorado en un entierro. Cuando murió Boni, nuestro perro, mi hermana me mandó un mensaje, y yo me sentí fatal porque no sentía nada. "

~Escandar Algeet


Puede que tengan razón al decir
que es mejor contarlo todo, no dejar ningún cabo suelto
me refiero a
que utilizo miles de ausencias como almohada,
y amontono recuerdos en rincones inhóspitos
en mi habitación.

Quiero decir
que pocas veces estuve a gusto cuando supe lo que iba a pasar.

Y he de reconocer que no he leído tan siquiera la mitad de los libros que poseo,
que durante tres veranos seguidos fui de vacaciones a Galicia,
hotel de tres estrellas y playas plagadas de rocas.

El resto
en desiertos de gente y plantaciones de risas falsas, jugando
a pasarme la pelota con mi hermano, piscinas por la tarde, escondites,
chistes, y vomitonas.

Siempre me quité las zapatillas antes
de pisar la cama.

Perdí la virginidad a los dieciséis, con una chica que medía poco más de metro y medio,
era morena, y siempre se pintaba la línea de los ojos de ésa forma tan particular.

Contarte que lo hice fatal aquella noche, y las cinco siguientes,
y desde entonces pienso que el placer es nulo,
si no quieres a ésa persona.

Creemos que viviremos un día más al menos,
nadie nos lo asegura.

Pensé en suicidarme tantas veces, pero no lo hubiera hecho,
nisiquiera
cuando lo pensé en serio,
porque soy un cobarde, tiemblo a la más mínima, y lloro
una vez por semana, e intento que sea sobre el mismo hombro siempre.

Aprendí a tocar la guitarra con una que me dejó un primo mío,
estaba rota,
pero yo era feliz arrancándole sus últimas melodías a ése pedazo de madera
mal cuidado. Y cuando ahorré lo suficiente, me compré una guitarra nueva,
y desde ése día nada fué igual.

Ésa guitarra se la regalé
a una chica con el pelo naranja, y el día que me dejó,
me la devolvió junto a un millón de tristezas, y ahora,
la tengo sobre la maleta,
cosas del destino, supongo.

Quería contarte mi lado más humano, para hacerte saber que,
bueno,
sigo sangrando, aún sin heridas.

Decirte que con quince años,
y no parece que fuera ayer,
me divertía andando en bici por la cuesta más empinada
del pueblo, y me caí,
y esa fue la primera vez que le tuve miedo a ir
demasiado rápido.

Decirte que con quince años,
soñaba con poder besar en los labios,
tener una novia que me quisiera,
un coche,
una vida lejos.

Mi pueblo era una cárcel vacía,
ni siquiera estaba acompañado
de penitentes.
El único era yo.

Murió mi abuelo,
mi primera calada a un cigarro,
todo iba muy rápido.

No recuerdo el día en que dejé de creer
en fantasmas, pero recuerdo,
cuándo dejé de dormir con mi osito
de peluche, y fue
el día que se lo conté -al que por entonces fue- mi mejor amigo,
y se rió de mí, me dijo,
"Eres un pringado".

Nunca rezaba antes de dormir,
y me confesé una vez en toda mi vida,
el párroco se veía aburrido de mentiras,
y ése día dormí en casa de mi abuela, una señora,
que ahora tiene setenta y muchos años,
todas las arrugas del mundo,
y canas pintadas de oro.

La primera chica con la que dormí, aparte de
mi madre, mi tía, mi prima,
fue Carla,
fue en una cabaña perdida, de un campamento,
y compartimos abrazos,
para mí la sábana, que es mas fina,
para ti el edredón.

Nunca se me dieron bien los deportes, pero
aprendí que la nieve resbala, y sobre una tabla,
gané mis primeras carreras, y me sentía
orgulloso, de poder deslizarme
ante el asombro de otros, y era feliz.

Más de una vez salí corriendo de la policía, nunca me pillaron.

Y no he viajado tanto como creen, lo más lejos que llegué fué a París,
éste año,
nunca olvidaré a esa gente con la que compartí
noches y días,
peleas y abrazos,
y cama.

Recuerdo que casi me quedo en Madrid por culpa de mi puta memoria, que funciona independientemente de mí
cuando le da la real gana.

Y vale, nunca fui el más rebelde de la clase, ni el más alto, ni el más duro, ni, hay que joderse, el más guapo.

Mi primer porro andando por la calle, me lo ofrecieron, iba borracho,
me dije: ¿Por qué no?
y ahora los lío como si nada,
pero siempre el ocio, antes que el vicio.

La primera asignatura que suspendí,
fue Literatura, qué ironía, la segunda
Filosofía, que me cuelguen. Desde entonces
las cosas no van muy bien, y estudio
cuando creo que es conveniente, y al azar
apruebo.

Un día aprendí a amar, y desde ése momento,
dije te quiero cada media hora, muchas veces
no con ésas palabras exactamente,
pero lo dije, y sólo recibí llantos,
y silencio.

De Machado aprendí que mientras sea hoy,
será siempre, y aún me lo creo, de ahí
que siempre vaya con tanta calma.

Y ahora
me doy cuenta de que tantas cosas que creí ser, son mentira,
y me confunde la existencia.

Que aprendí a leer a mis dos años, mi madre me enseñó,
y leía
los carteles que veía por la calle, pero me daba vergüenza decirlo en voz alta
y ella preguntaba: ¿Por qué no lees?

A escribir aprendí más tarde,
cuando me enamoré de México, o perdón,
cuando creí enamorarme, aun
me pregunto por qué guardo ésa bandera,
colgada en mi pared.

Una vez le regalaron a mi hermano pequeño una figurita de acción,
y yo lloré, porque él lo rompía todo,
y lloré porque me daba pena del muñeco, así que
cuando no se dio cuenta se lo quité,
y lo escondí,
encima de mi armario.

Cinco años después, me mandaron limpiar mi habitación
y encontré el muñeco, lleno de polvo, ahí,
donde lo había dejado.

Ahora
mi hermano sabe manejar un arma,
y yo no.

El verano pasado me compré un sombrero negro, me costó cinco euros,
y se lo regalé a una chica que acababa de conocer,
cuando desapareció tuve que comprarme otro,
y aún lo tengo,
a mi hermano le compré uno igual por ocho euros.

Éstos dos últimos años he vivido en Salamanca, y
hablo con mi familia dos minutos por semana, porque ellos me llaman, y creen
que no les quiero,
o algo así,
y se equivocan.

De pequeño creí que nunca llamaría tío a mi tío,
ahora lo hago.

Y me sabía las canciones de los dos primeros álbumes de Estopa, porque
fueron los primeros CDs que tuve, y sólo tuve esos, y
los escuchaba por la calle con el diskman colgado del cinturón,
primero un disco, luego otro, y así.

También
he de decir que no sé por qué,
pero tengo que hacerlo.

Contártelo.

Que lo mismo no estoy tan confuso si siempre tengo
un par de pupilas donde poder mirarme, sin miedo,
a que cierre sus ojos.

Conservo muy pocas fotos de cuando era pequeño,
y algún que otro vídeo de mi comunión, cumpleaños,
y una caja llena de recuerdos infantiles:

Piedras bonitas,
monedas extrañas,
postales,
folletos en francés,
mi primera hojilla de afeitar.

No sería capaz de sobrevivir en la selva, lo sé,
y si te deprimes a mi lado haré lo posible por hacerte sentir mejor, entiéndeme,
aunque muchas veces no lo consiga,
porque así soy yo,
un inútil.

Mi perra Yuly, fue atropellada por mi padre,
fue sin querer, ella
sólo estaba dormida bajo la rueda, y él,
no se dio cuenta, y arrancó.

Luego la enterramos en el huerto, y aquella noche,
dormimos, pero nadie soñó con nada.

Nunca tuve un primo de mi edad, sólo primas,
y más de una vez me pregunté,
cómo sería,
poder hablar con alguien del mismo modo, en el mismo contexto.

Una vez mi padre me gritó muy serio,
y desde ése día, ya no le hablo tanto,
pero le entiendo mejor.

Siempre he sido el primero en la lista de mi clase,
y siempre me corregían los ejercicios a mí primero,
siempre me sacaban a la pizarra,
siempre me preguntaban,
y no sabía,
y me tomaban por estúpido, pero sólo tenía miedo,
y vergüenza.

Siempre pierdo en el ajedrez, y siempre
quiero jugar con alguien para demostrar
lo inteligente que soy,
pero,
siempre pierdo.

No sé por qué digo todo ésto, pero
necesitaba mostrarme
pues quién sabe cuando volveré a tener oportunidad.

Una chica me enseñó a Cortázar, y yo
un año después de que desapareciese casi
por completo
de mi vida.

Compré ése mismo libro, para recordarla
y desde entonces es mi favorito.

Además me cuesta, escribir todo ésto, por verme,
tan ridículamente imperfecto, humano, y darme cuenta
de que otros son mejores, y creo
que no sé cual es mi primer recuerdo, y que olvidaré
el último que tenga.

Como no se tocar el piano, pulso teclas,
y me creo algo.

Fumo hachís casi a diario,
bebo tanto por diversión como por aburrimiento,
me enamoro todos los días,
y además me río de quienes se ríen de mí, como un
estúpido.

Tengo mi vida, un puñado de amigos, y muchos recuerdos.


"Y
una compañera que no está hecha a mi medida sino a la suya,
que es mucho más interesante,
y que me aguanta 5 páginas de tonterías continuas
y me deja ser así sin dejarme por ello,
y puede que ella,
sí,
sea el motivo
o el origen de todo esto que te cuento,
como excusándome un poco,
esta lista invertebrada de costillas y huesos,
y que cierro aquí
porque ella está conmigo pero sin mí,
haciendo sus cosas enfrente,
y yo
me muero,
(un último apunte: no sé dónde aprendí a tener deseos)
de ganas de darla un beso."
~Escandar Algeet

II - "A Ustedes" (Día 2 en París)

"Le debo dinero a mi psicólogo, que lo apunte en tu cuenta." ~Isusko

A ustedes que se conforman con saber más que con entender, que lo conocen todo excepto lo que de verdad importa. Ustedes que responden sin balbuceo ni duda alguna, sin confusión, seguros de si mismos y confiados, a cualquier pregunta, a cualquier cuestión, sabiendo que su respuesta es la correcta, obcecados en que es la única, la válida, no hay otra, porque está basada en sus vastos conocimientos sobre vastísimos temas, y creen llevar la razón en todo, no escuchan, como máquinas, seres ideales y políticamente correctos, ustedes que se consideran tan inteligentes, rezen por no estrellarse en su estúpida carrera por ser los más interesantes.

A ustedes que nunca percibieron el olor de los recuerdos, el sabor de la impotencia, el dolor de la aguja del pasado clavándose bajo las uñas, el tacto de una lágrima en la mejilla de alguien a quien dejaron de importar. A ustedes que NUNCA lo sintieron, y que aún así creen alegrarse, y se colocan sonrisas de mentira sobre sus rostros, y venga a poseer, a poseer los mejores libros, a poseer la mejor música, a poseer la mejor poesía, los mejores coches, la mejor ropa, el mejor corte de pelo, poseer, poseer, y poseer. Y venga a criticarse unos a otros, a etiquetarse, a creer que son quien no son, a jugar a ser otros, a jugar a ser mejores.

A ustedes que NUNCA dejaron marchar NADA, ni lo echaron de menos, así pues NADIE les echará de menos a ustedes, los seres mas ignorantes, patéticos y tristes sobre la tierra, ustedes quienes ignoran hasta que punto lo son, ustedes, los que dicen y presumen de ser únicos, especiales, interesantes...

___________________________________________________

Página nº 7 del cuaderno de Pablo

“…Papá siempre me decía lo mismo: “Hijo, ojalá tuvieses los huevos de tu padre”. Me llamaba muchas cosas como cobardica, llorón, gallina, niñato, y muchas más palabras feas. Me lo repetía una y otra vez, y aunque intentaba sobreponerme, los capullos de mi cole siempre me cogían a la salida y me daban una paliza sin razón alguna. Luego llegaba a casa con la nariz y el labio rotos, y moratones, una vez me rompieron una costilla. Entonces papá se enfadaba y me gritaba cosas sobre el valor y la fuerza, durante muchísimo rato, a veces parecía que me iba a pegar, le notaba conteniéndose, y como no se atrevía, escupía en el suelo. ¿Eso no es ser un cobarde? Mi mamá le gritaba y le suplicaba que me dejase tranquilo. En realidad yo estaba tranquilo, cuando alguien te recuerda día tras día lo sumamente mierda que eres, te acabas acostumbrando. A veces papá pegaba a mamá en vez de a mí, eso sí me asustaba, prefería que me pegara a mí. Luego se iba diciendo ésa frase: “Ojalá tuvieses los huevos de tu padre”.

Así que un día lo hice. Iba a tener los huevos de mi padre, los iba a tener. Vaya que si los iba a tener. Me levanté antes que ellos, y fui hasta la cocina. Tuve que subirme en un taburete para alcanzar el gigantesco cuchillo con el que mamá hacía la comida, pero cuando volví al suelo con el cuchillo en la mano, me sentí poderoso, sentí que era fuerte, como papá, que tenía huevos. Pero aún así no abandoné mi plan, entré sin hacer ruido en la habitación de papá y mamá, y los encontré desnudos y destapados. Nunca había visto a mi mamá desnuda. Sentí vergüenza. Me armé de valor y me coloqué junto a mi papá, reconozco que tenía un poco de miedo. Sin pensarlo dos veces, clavé el enorme cuchillo en su entrepierna, y al instante se sacudió y gritó como un cerdo. Ese grito hizo que me pitasen los oídos. Mamá se despertó sobresaltada, puso los ojos en blanco, y volvió a dormir. Creo que tiene el sueño más profundo del mundo. Papá intentó levantarse, pero el dolor le precipitó contra el suelo. Dejó caer un trozo de carne sangrante, pero por lo visto sentía demasiado dolor como para abrir los ojos y verlo. Eso me hizo gracia.

Me dirigí hacia él, tome en mis manos la bolsa escrotal que se había desparramado por el suelo, me la llevé a mi habitación, y la metí en una cajita blanca que me regaló mamá por mi cumpleaños. Sonreí, por fin tenía los huevos de mi padre…”

¿Estoy loco?

Está bien, recapitulemos. Se ha dicho ya que todos los seres humanos somos irracionales en parte, lo que nos lleva a todos a cometer algún que otro acto irracional, cosa que en éste texto llamaremos: "Locura." Como todos habréis concluido ya a estas alturas del párrafo, yo me considero dentro de ésa categoría, la de "Ser Humano", y por lo tanto yo también cometo alguna que otra locura.

Pero a ver, mis damas y mis caballeros, distingamos. ¿Cuál es el límite entre estar loco, y cometer locuras? ¿Cuándo se dejan de cometer locuras para pasarse a ser un loco? Quizá, señores, el límite lo pongamos nosotros, y quizá, en el fondo, nadie esté loco, o todos lo estemos. Para averiguar si uno está loco o no, se recurre a un sencillo método de comparación que consiste en hablar de dichas locuras con otras personas, con la esperanza y la fe de que a dichas personas les interese lo suficiente como para hablar de las suyas, y así, poco a poco, establecer una normalidad entre lo que se considera "cometer locuras", y "estar loco".

En mi caso, por ejemplo, les contaré: Una vez me declaré a una chica el mismo día que la conocí. Un día le rompí la nariz a mi mejor amigo. Yo de vez en cuando suelo sacar músculo frente al espejo, y meter tripa, y alguna que otra vez me lavé el pelo bajo el grifo. Yo alguna vez me eché perfume en la boca, e hice un lanzallamas con un desodorante y un mechero. Y me he caído borracho, y me he pegado solo alguna vez, y he insultado a mi padre, y a mi madre, y les he robado dinero. Soy de los que dicen: "¡Voy!" y te llaman cinco minutos antes con alguna excusa barata para no aparecer. Y he dado paseos a las cuatro de la mañana. Y he mirado durante horas al cielo, y he estado más de cinco minutos sin pestañear. Yo leía libros en voz alta cuando estaba solo, y hacía muecas en el espejo del ascensor, y he dormido de día, y vivido de noche. Yo interpreto mis sueños, y tuve pensamientos suicidas, y dudas sobre mi sexualidad. Yo también me he tirado pedos en clase, y reventado espinillas, y mordido la lengua. He pecado, y alguna vez he creido en Dios, y en Papá Nöel, y en los Reyes, y el ratoncito Pérez.... Y he estado a punto de morir, y de ser padre, y de ser pobre. He pegado a mujeres, he hecho enfadar a mujeres, he hecho llorar a mujeres, he roto el corazón de mujeres, he hecho callar a hombres y también me he enamorado. Y yo también salía a la calle en busca de ella, sin saber su nombre, ni donde vivía, vagando sin rumbo con la esperanza de cruzármela, y me paso horas y horas esperando ésa llamada o mensaje, o simple palabra suya, que nunca llega. Yo también cedí por ellas, y cambié por ellas, me fui con ellas, y también las perdí. También he tocado la guitarra hasta hacer sangrar mis dedos, y he fumado hasta la arcada, hasta el vómito, y he bebido porque estaba de bajón. Y he compuesto canciones para chicas, y escrito cartas a chicas. Me he comprado libros que nunca he leído. He escupido desde balcones, y me lié con la amiga de mi ex-novia una semana antes de salir con ella. Me he peleado, he suspendido exámenes, he sido infiel, he tomado drogas, he bebido alcohol estando sólo en mi habitación, he salido de fiesta toda la noche, he visto amanecer, he dado puñetazos a una pared hasta hacerme sangrar, de rabia. He traicionado a amigos, he perdido amigos, he pegado a hermanos, y he pintado con tiza en las paredes, me he obsesionado, y alguna que otra vez grité contra la almohada. Me he enganchado a juegos online, he escrito, he dado conciertos, he tenido un diario. Me he olvidado de mi cumpleaños, del de mi madre, del de mi padre, del de mi hermano. Y también esperé, y esperé, sentado y no llegabas. Y a veces espero, y nada...

Diría infinidad de ellas, la verdad es que he cometido muchas locuras, pero aún no acabo de determinarlo. Quizá cuando sea capaz de compararme con alguien pueda establecer el límite antes mencionado. Así que díganme: ¿Estoy loco?

________________________________________________

Diario nocturno de un espejo torcido (¿Nochario?)

Pues aquí me tienes, sentado sobre mi cama, con el ordenador en mi regazo, luces apagadas. El cuarto está iluminado únicamente por dos velas a las que no le quedan apenas tres días de vida (Me hace inusual gracia el paralelismo entre el objeto iluminante y mi situación actual, dígase de otro modo: "A dos velas"), una lámpara de lava que iluminar lo que se dice iluminar no ilumina nada, y la propia pantalla del portátil, sobre la que la única queja que tengo es que terminará por dejarme ciego del todo.

Pero los aspectos visuales, los detalles que se perciben a través de la vista no han sido descritos del todo. También cabe decir que algo sí puedo ver en esta, por llamarlo de algún modo, oscuridad. Veo los pilotos rojo y verde de mi televisión y mi consola, respectivamente, allá al fondo del cuarto. Se ven tan lejanos desde aquí. Puedo ver con nitidez algunos objetos, todos iluminados levemente por la luz cálida y dorada que emana mi rincón, como mi cuaderno negro, del que cada día estoy más seguro que se está convirtiendo en un instrumento de auto-tortura. He intentado volver a leerlo, pero a partir de una página en concreto, cada palabra me tiñe el corazón de un color oscuro, azulado, que suelo asociar con la tristeza. Veo una guitarra guardada en su funda, pero al igual que el cuaderno, sólo me llena de recuerdos fríos y afilados. Veo mi mesita, llena de objetos completamente inútiles, y todos los días me juro y me perjuro que la limpiaré y ordenaré, y nunca lo hago. Botellas, vasos, paquetes de tabaco, monedas, un muelle, trozos de papel, un coletero, una chapa de acero grabada, el móvil, el pincho... Todos ellos bailando embriagados al son del borboteo de mi lámpara de lava, que corona el centro de la mesita, la cual cada vez que la miro me recuerda al día que la compré, a aquel día en el que. . . La última cosa que veo es el espejo, allí abandonado, allí solo, clavado a la pared, y torcido. Siempre torcido, burlesco, como si se riese de mí, de mi imagen, de todo lo que consigue reflejar. Bastardo. Me dejaré embriagar esta vez por los sonidos, pero éso será meterme con los detalles acústicos de la situación, los que se perciben con el oído.

Dichos detalles no son muchos, tan solo logro oír cómo teclean mis dedos, y cuando paro de teclear, puedo oír el trasfondo de la escena, formado por un sórdido ruido de ventilador, algún coche pasando por la calle, o alguna señorita borracha perdida que profiere gritos incomprensibles, y muy de vez en cuando, el crepitar de las velas encendidas. Si me concentro un poco, puedo oírme latir, pero no puedo entretenerme con éstas tonterías. Y si me concentro un poco más, me puedo oír pensar, y oigo tu voz en algunos de mis recuerdos, y me recuerdas a aquella historia sobre tres enanitos que. . . Así que ésos son los únicos sonidos que actúan en la escena más solitaria de esta obra teatral que es mi vida, escrita por mí, dirigida por mí, protagonizada por mí, y para un único espectador que soy yo. Pero antes de ponerme a divagar sobre la soledad, pasaré a explicar los detalles olfativos de la situación, ésos que se perciben a través del olfato.

Los olores que percibo son diversos y sutiles, me cuesta distinguirlos, pero lo intentaré. Se respira un tenue olor a cera quemada, mezclado con el característico olor propio, olor a hogar, a seguridad, a cama. Se respira un leve olor a comodidad. Pero a veces me interrumpe tu olor. Ese olor a fresco, olor a tarde de invierno, olor a suavidad, a ti. Sí, no se de donde sale, pero a veces me acuerdo de ti, y recuerdo tu aroma, y dado que los olores son los mayores evocadores de recuerdos, no paro de recordar tantísimos momentos, y escenas de esa época en la que. . . Es como un bucle, te recuerdo y te huelo, te huelo y te recuerdo. A veces no sé cómo diablos consigo salir de ése extraño trance. Por ello, asocio tu aroma a mi soledad, y cada vez que te percibo por semejante feo órgano, noto el frío de la tarde de invierno, colándose por las ventanas de mi corazón, trayendo consigo ése sentimiento: Solo, completamente solo. Mierda, estoy volviendo de nuevo al tema, propongo que pasemos a los aspectos tangibles de ésta mi escena. A los detalles que se perciben por medio del tacto.

Busque por donde busque algo que explicar sobre lo que siento en mi piel, sólo acabo encontrándome que molestias, sólo noto molestias: la molestia de mis codos clavándose en mis piernas, la molestia de mi espalda encorvada, de mis hombros cargados, de mis pies fríos (Demasiado fríos, pienso yo), mis manos entumecidas del tecleo-tecleo, picores en rodillas y cabeza, y nariz, y cintura, y... Bueno... Ya sabes. Aunque si de nuevo me concentro puedo volver a sentir dentro de mí el latido, el pulso, aburrido, cansado, monótono. En éstos momentos un escalofrío me eriza la piel, y me recuerda a aquellos masajes tan agradables que. . . Lo que yo decía, no más que molestias. Pero basta, vayamos a lo que realmente importa (Expresión un tanto irónica, por cierto). Pasaré a describir los últimos detalles de la situación, los detalles gustativos, esos que se perciben mediante el gusto, con la lengua, ése instrumento tan útil.

En mi boca se percibe un extraño sabor a sequedad provocada por continuas dosis de tabaco, mezclado con un intenso sabor a besos nunca dados, a engaño, a mentiras. Sabor a lengua no compartida, sabor a soledad, amarga, dulce, salada, qué más da ya. En mi lengua percibo el sabor de mi propia saliva, y a veces, si me concentro mucho, todavía llego incluso a sentir el sabor de tus labios, tan salados. Pensar que me comí todos esos besos, que los devoré constantemente hambriento, y que se volvieron como una droga que me incitaba a pedirte más y más hasta el punto en que. . . Mejor dejemos los recuerdos a parte, y demos por concluida esta explicación, pues son como las dos y media de la madrugada, y el espejo torcido no para de molestarme, allí, inalcanzable, arrogante, enfadado. Ya he descrito la situación desde cada uno de mis cinco sentidos, lo demás será explicado en su debido momento.

Así que aquí termina ésta crónica, que me temo que se repetirá una y otra vez a lo largo de largas semanas, porque lo sé, y porque lleva pasando ya mucho tiempo, noche tras noche.

Insomnio, ya volviste, te estaba esperando.

__________________________________________

Síntesis de la tristeza

"La alegría me pregunta cada día, que si casi se me olvida que no la puedo olvidar. Le digo que Tristeza es la que mejor me besa, cuando la noche comienza, y no pienso en nadie más..."

~Shinoflow

Antes de que me tiren piedras, quiero aclararles que ésta síntesis se basa en mi opinión personal sobre mí mismo, y que seguramente no será aplicable a muchos, por eso me limitaré a hablar por mí, sobre mí.

La tristeza es la musa de todo artista, la tristeza es la paz, la tristeza es la característica principal de las buenas personas. La tristeza es el don de ver la belleza, el don de valorar, el don de comprender el mundo, pues nada se aprecia tanto como cuando se es capaz de sentir tristeza por ello. La tristeza es la realización, la comprensión del sentimiento humano, la buena acción, la humanidad.

Porque en lo triste está lo bello, y lo agradable, lo sensible y lo hermoso. La tristeza es el sentimiento mas bello. Es la que inspira a los poetas, la que expande los sentimientos, la que acoge los de otros, la empatía.

¿Cuál es la reacción de un hombre al comprender la absoluta verdad? ¿Llorar? ¿O reir? En todo caso, incluso la risa sería triste, porque es triste reirse de la verdad. La tristeza es la única capaz de tocar otros corazones que no sean el propio, la tristeza nos conecta. Como ya se dijo alguna vez: "Para la inspiración de un dramaturgo la felicidad es castigo."

Las personas tristes son buenas personas con buenas intenciones, a veces egoístas, pero buenas intenciones, gracias a ellas nos comprendemos a nosotros mismos, y nos preocupamos, y lloramos, y sentimos, y sufrimos. Sólo el sufrimiento despierta a las mentes, y fuerza a aprender. Sólo la tristeza enseña, y hace que valores lo que haces.

Ahora que ya he desvariado, y he quedado a gusto después de haberme desquiciado, les pido que por favor no me traten como a un tarado, ni me tomen por ello. De seguro sólo he sacado a la luz los pensamientos más oscuros de la mayoría. He sido sincero.

He dicho.

Feliz Cumpleaños

Papá había esperado a que mis amigos se fuesen tras comer la tarta, para darme mi regalo. Ese día cumplía ocho años.

Se encendió un cigarrillo. No me gusta que papá fume, huele muy mal, y da un poco de miedo. Papá a veces me da un poco de miedo, pero sé que me quiere, y confío en él. Expulsó por su boca una nube de humo, y acto seguido me hizo subir a la mesa donde poco antes se habían reunido todos mis compañeros. No entendía el por qué, pero me divertía todo eso, pensé que cuanto más extraño fuese todo, mejor sería el regalo.

Me agaché para que me vendase los ojos con un pañuelo de cocina. Lo apretó muy fuerte, pero no dije nada, no suelo quejarme mucho, además, podía aguantarlo. Entonces me hizo levantarme, y me dijo:

-Camina.

Le hice caso. Caminé por la mesa despacio, no veía nada. Noté como mis pies pisaban un plato, y por alguna razón me dió la sensación de que algo no iba bien. Entonces la cálida mano de mi padre, agarró la mía, y me hizo dar un par de pasos más. Mi miedo crecía.

-Papá, ¿Se va a acabar la mesa?

-Al final de la mesa está tu regalo, hijo.

Mi temor no desapareció del todo, pero éso me animó a continuar caminando. Despacio, despacio, buscando el borde de la mesa, sabía que se acabaría. El borde estaba muy cerca, lo notaba, los dedos de mis pies ya notaban el borde.

-Papá, ¿Se va a acabar la mesa?

-Confía en mí...

Sabía que se acabaría la mesa, pero oí a papá hablar delante de mí. Pensé que si caía, él me cogería. Dí un pasó, y noté el vacío, seguido de un fuerte y duro golpe en mi cara. Era el suelo. Había caido al suelo. Me dolían la nariz y las rodillas, pero no lloré. Era la primera vez que no lloraba por algo así. Me incorporé, y me quité el pañuelo que me tapaba los ojos.

Mi nariz dolía muchísimo. Pasé mis dedos por ella, y la noté caliente. Al mirar de nuevo mis dedos, vi la sangre. Estaba confundido, no sabía qué estaba pasando, tenía miedo.

-¿Qué pasó, papá?

-Ése fué tu regalo de cumpleaños, hijo. Para que aprendas a no confiar ni en tu propio padre...

El día que cumplí ocho años, mi padre me enseñó una de las lecciones más valiosas de mi vida.

¿Y ahora qué?

Yo te diré qué pasará ahora. Simplemente tendré una vida distinta, no seré feliz del todo, aunque bueno, tampoco lloraré todos los días. Te convertirás en carne fresca para mis relatos durante un tiempo, hasta que considere que ya es suficiente, y deje de autoflagelarme de ese modo. Pensaré en dejar de escribir, dejar de tocar la guitarra, dejar de releer los diarios, dejar de escuchar música, dejar de estudiar. Pensaré en beber y fumar como un maldito loco, en vomitar todas las noches, como lo hice la noche en que me dejaste. Pensaré en que nunca lograré desatar el nudo de mi estómago, y pensaré que mi apetito no volverá nunca más.

Cuando todo eso pase, y lleve una temporada despertándome completamente solo, sin acordarme de ti cada vez, volveré a comer, a estudiar, a tocar la guitarra. Empezaré a recordarte como algo muy lejano, algo que estuvo genial, algo que repetiría sin dudarlo, pero al fin y al cabo algo pasado. Entenderé poco a poco que era imposible que saliese bien, entenderé que nunca me quisiste del todo, y que en el fondo, muy en el fondo, entre toda la mierda, terminar lo antes posible fue lo mejor. Entonces mis labios se secarán, e inevitablemente te empezaré a echar la culpa de todo, te criticaré, te insultaré por la espalda, llegaré a plantearme si alguna vez te quise, y puede que llegue a pensar que te odio.

Pero el tiempo seguirá pasando, y cuando ya deje de verte, y me conforme tan solo con fotografías y recuerdos, entenderé lo estúpido que fui, que ninguno de los dos teníamos mala intención, que simplemente fuiste sincera, y que sí, lo reconozco, de verdad te quise, quizá más de lo que hubiese debido.

Lo peor de todo, es que tras esa ultima etapa, el recuerdo se convertirá en una anécdota de un simple rollo de dos meses, que no salió bien. Llegado a este punto, probablemente, te olvidaré.

Éso es lo que pasará, a partir de ahora.

_______________________________________

Los miedos no duermen sólos

Últimamente tengo sueños en los que te pierdo, irremediablemente, porque por alguna razón desconocida para mí, has dejado de quererme (Y con "desconocida" me refiero también a "no asimilada"). Todo ese temor ha salido a mi mundo consciente, como un volcán en erupción, y ahora incluso lo siento, como una constante preocupación, que acelera mi angustia, y merma mi felicidad.

Ya te lo dije hace unos días: Me encuentro extrañamente preocupado, como esa sensación de haber olvidado coger algo, decir algo, hacer algo, haber perdido algo... Y ahora sé qué es lo que me preocupa: Perderte.

Lo temo. Temo que un día se me acaben tus besos, que sea un segundo escalón en tu sistema de preferencias. Temo ya no poder dormir más contigo, temo temer besarte, temo tu aburrimiento. Temo que te canses de mi insistencia, y que ya no me quieras a tu lado...

Por eso ésta preocupación, éste miedo. Por este escrito mi miedo a cambiar por escribir. Porque ya me absorbe ésta sensación lo suficiente, lo suficiente, para morir :)

Y no sólo eso es lo que temo. ¿Acaso creías que bastaba? Mis preocupaciones se extienden hasta más allá de los horizontes que jamas puedas ver desde tu punto de vista.

No sólo temo perderte, temo también que los hongos que crecen en el techo de mi cuarto terminen por devorarme vivo, o provocarme algún tipo de cáncer de piel, de lengua, o de sobaco, qué se yo. Temo too que mi lámpara de lava reviente de tenerla tanto tiempo encendida, y temo aussi que me odies por mis vicios, y por mis paranoias. Temo incluso que fermente mi bote de Listerine, de no hacerle caso ya, por no haber bocas a las que agradar con mi aliento. Temo y temo, y mis temores crecen, y también temo eso. Temo más que nada, no ser yo, y que nadie sea capaz de apreciar ese cambio, temo estar solo cuando eso pase, pero casi más temo que mi música vaya desapareciendo poco a poco en el olvido, y llegue el día en que ya no me guste lo que escucho, ni lo que escribo.

Temo, y mucho. Es de temer lo que temo.

Tres palabras

-Hola... -Me susurró con esfuerzo, tumbada en esa camilla de hospital, en la que llevaba ya más de una semana, enchufada a un montón de ruidosos aparatos que aun la mantenían viva. Esa fue la primera palabra.

Ya nada podía hacerse, mis peleas con los médicos no habían servido para nada más que para jugarme el darle o no mi ultimo beso, me dijeron que la despertarían, para que pudiese despedirme de ella. Al principio dudé, no quería ser su verdugo, no aquél que le dijese adiós, porque no quería decirle adiós. Pero ya ni mi mente ni mi corazón saben lo que quieren, y poco después acepté esa ultima oferta, eso sobre lo que ahora estoy escribiendo.

Recuerdo que sonreía, lo recuerdo muy bien, siempre sonríe cuando se despierta a mi lado. Aún estando impedida, reunió fuerzas para dedicarme esa sonrisa, con la que pretendía decirme: "Todo va de maravilla...", como cada mañana. Recuerdo que sonreía, y me miraba, con la mirada de aquel que reconoce y acepta su destino, con la mirada de una mujer que sabe, que esa va a ser la última mirada, la que se choca con los ojos de aquel a quien ama.

Recuerdo que no pude evitar llorar. Ni haciendo acopio de mis más desconocidas y primitivas fuerzas conseguí frenar ese torrente de lágrimas en las que se me iba la fuerza, en las que se me iba el alma. Recuerdo que pensé: "No desperdicies éste momento llorando", y recuerdo que eso me hundió aún más en la tristeza. Recuerdo que recordé, que no iba a poder mantenerse consciente durante mucho tiempo, que debía decirle algo antes de que volviese a caer en coma.

Recuerdo... que quise hacer de ése momento, el momento más bonito, quería regalarle un último sentimiento, algo precioso, algo significativo. Debía decirle algo increíble, algo que jamás haya logrado decir ni el más inspirado de los poetas, algo único, que no fuese capaz de decirle a nadie más en el mundo. Recuerdo que no encontré esas palabras, y que en un último momento de lucidez, pude susurrarle, con una sinceridad de la que nunca antes había sido consciente, la segunda y la tercera palabra, que noté desgastadas de tanto usar.

-Te quiero...

Y sin pensar, o mejor dicho, sin querer pensar, la besé, y tomé esa misma carrerilla para apagar todos y cada uno de esos ruidosos aparatos. Por fín oí el silencio, sólamente roto por el sonido de las lágrimas aplastándose contra los baldosines blancos.

__________________________________________

Reflexión en Do mayor

Me encontraba sentado junto a mi chica en un sofá, cuando sin saber por qué ni cómo, comenzamos a hablar sobre las notas musicales. Ésto me impactó bastante, nunca había tenido una conversación similar, y nunca antes una conversación había sido tan interesante. Sólo una única pregunta inició ésta reflexión: ¿Qué son para ti las notas musicales?

Do. Do es un camión enorme que toca el claxon. Do es un golpe, Do es sangre. Do es rojo, o granate. Do es una gota de brea colosal, que cae sobre una ciudad entera. Do es rotundo, no perdona, no admite dudas ni preguntas. Do no necesita aclaración, ni nadie que diga "ésto es Do". Do es como un hombre musculoso, que siempre está enfadado, tan orgulloso y serio como él solo.

Re. Re es un árbol gigantesco. Re es viejo, es la voz de la experiencia, es un anciano que aconseja, con sus gafas, su bigote, su bastón, sus canas. Re es naranja, en cambio Re menor es marrón. Re es madera, es inevitable, es necesario, es sabio. Re siempre da segundas y terceras oportunidades, sabe que puedes equivocarte, y aún así te ayuda a continuar. Re sonríe siempre.

Mi. Mi da asco. Mi es de color moho, pero Mi menor es verde intenso. Mi es como las preposiciones en el lenguaje, hay que usarlo sí o sí. Mi siempre se interpone, nunca deja en paz, persigue. Mi es como un pequeño cubilete de seis caras de color amarillo, que está tirado por la habitación, y que siempre que estas descalzo lo pisas, haciéndote daño. No lo recojas, pues siempre estará en el suelo, y siempre lo pisarás sin darte cuenta. Mi es un cubilete amarillo que siempre toca los cojones.

Fa. Fa es de color turquesa. Fa es mi nota favoria, es esperanza, es como decir: Continúa, continúa, continúa... Fa sonríe con benevolencia mientras intentas resolver un puzzle. Fa se ríe continuamente. Es una anciana, parecida a Re, pero más jovial, más feliz, más divertida. A Fa no le importa que te caigas, ella se ríe. A Fa le encanta el mar, y siempre se sienta sonriente en la orilla de una playa, esperando que los jóvenes vengan a pedirle caramelos, o chucherías. Fa es tan buena...

Sol. Sol es un chulo de mierda. Sol es amarillo, y siempre usa gafas oscuras. Va siempre vestido con ropa de deporte de lo más llamativa, y porta numerosos colgantes y abalorios de oro. A Sol se la suda todo, no necesita a nadie, sólo ama el dinero. Sol es un niñato al que no le preocupa nada más que su propio bienestar. A Sol se le puede ver todos los días por todas las calles, siempre moviendo la cabeza hacia delante y hacia detrás, con sus amigotes, sentado en los bancos de las avenidas más grandes de la ciudad.

La. La es una dama delicada, de voz suave y aterciopelada. La es rosa, aunque La menor es más bien violeta. La siempre está sentada sobre un bloque de color blanco, mirando con tristeza una foto borrosa. La habla de tiempos pasados. La está siempre triste, y sólo hace que recordar. Ella sonríe por pura compasión, mientras sus propias lagrimas emborronan cada vez más esa foto que sostiene. La siempre está cabizbaja, desnuda, tan bella y tan frágil, que sólo el imaginar un ruido a su lado la rompería en pedazos.

Si. Si es negro. Es una presencia en un rincón de la habitación, que apenas se percibe, pero que está ahí. Si siempre se esconde, está en todas partes allá donde mires. Si te observa desde un rincón. Si Mí era un cubilete de seis caras amarillo, Si es un cubilete de seis caras negro, que mires donde mires está ahí asomando, entre los libros, entre las sábanas, detrás del grifo, detrás de la lamparita de noche, entre los vasos, entre tus perfumes, entre la ropa amontonada en el suelo, mires donde mires, Si está ahí, y nunca te atreves a tocarlo, ni él a tocarte a ti.

__________________________________________