"Soy un vampiro, y tras años y años de experiencia aprendí a soportar la luz del sol, los ajos, y las estacas en el corazón."

~Jack Red
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28 diciembre 2012

Deus ex machina

Las ganas de levantarme a sencillamente correr aumentan a medida que soy mas consciente de la inevitable irretornabilidad de ésta broma que se nos presenta vestida de gala y dice llamarse vida. Echar un vistazo atrás en ocasiones, hace llorar a esa parte de mí amante de los viajes en el tiempo y de sus ojos, entristece y exprime el alma de uno hasta peligrosos límites, tras lo cual el presente, a modo de imán, me precipita a una realidad violenta y desalmada que no tiene piedad con nosotros, los nostálgicos. Sí, el ayer susurra mi nombre con ésa dulzura con la que sólo ninfas desnudas saben seducirme, y cual débil Orfeo miro el rostro de mi amada, aún con la certeza de que ése sera mi fin, el nuestro, al menos hasta que el vacío venga a inundar mis pulmones en un próximo suspiro. 

Ójala pudiese simplemente presentarme a las puertas de su rutina y gritar que he venido a romperla, a acabar con ella, a tirarnos de cabeza a los charcos, a ir a leer al cine. Llegar y plantarme frente a ése temor que sé que tiene, hacerlo explotar en mil insignificantes pedazos tan solo con un beso, y rendirme a la gravedad feliz y cansado, jadeante, nervioso, como el niño que después de todo soy, ganándole una carrera a las imposibilidades. Paso largas noches jugando a imaginarlo, y guardo mi cuento en secreto, con celo, sin contárselo a nadie, para que no se esfume. 

Es extraña esta forma de mirar al futuro que tengo, buscando las cosas que perdí en cajones que nunca he abierto, pero tengo un problema y es que no puedo evitar sentir que algo quedó incompleto, sé que es estúpido pero soy realmente malo en superar las cosas por completo, siempre queda algún hilo suelto del que acabo tirando, y sin embargo, después de todo, tampoco puedo evitar sentirme afortunado.

Qué me vais a contar del amor a mí, que lo he encontrado y perdido tantas veces como miradas he abandonado en las nubes, como gotas se han estrellado contra mi cara, como lágrimas han ido a morir a tus comisuras. Qué me vais a contar del que aunque poco he aprendido en realidad, poco más necesito saber... De aquel que lleva clavando su espada en mí desde que tengo consciencia y casi he aprendido a amar el afilado tacto de su acero...

"Está claro que no seré capaz de salir de ésta habitación solo", me digo buscando constelaciones en el techo de mi cuarto de baño. Concluyo que mi historia necesita un deus ex machina, pero lo cierto es que mis héroes y heroínas mueren a diario en dramáticos gestos que disparan sin conciencia ni piedad: Una sonrisa truncada, una mirada esquiva, una conversación posible, una verdad secreta...


16 julio 2012

Sol y réquiem

A mi madre y mi abuela, que no se preocupen, agarro muy fuerte mis recuerdos.

Cuando era niño y alguien del pueblo moría, la gente se vestía de negro, agarraban con fuerza todo lo que podían recordar de esa persona, como aquella vez que le pagó la gasolina a tío Alfredo o aquella anécdota tan graciosa de la mantequilla, y salían a la calle, rumbo a ese edificio viejo que se encontraba "un poco más allá" del puente del encinar. Para llegar allí, había que recorrer una calle escoltada por árboles de hojas verdes y rojas que se erigían firmes como guardianes indestructibles. Recuerdo que las ramas se movían con el viento, y hacían un ruido como de cascada, fresco y distante. 

Recuerdo el sol...

Cuando era niño y alguien del pueblo moría, siempre hacía mucho sol, un sol abrasador incluso en invierno. Esta vez se murió Doña Camila, que había sido maestra de mi papá cuando él era pequeño. Mi mamá me vestía con la camisa y el pantalón negros, y mientras me decía muy entristecida: -Hijo, tienes que agarrar muy fuerte todo lo que seas capaz de recordar de ella, y no lo sueltes, por lo que mas quieras, entonces cuando llegues allí y la veas tumbada mira los recuerdos y suéltalos uno por uno, no tengas prisa, deja que vuelvan a ella, y cuando termines sales y nos esperas en el banco, ¿Me has entendido? 

Yo asentía con la cabeza...

-Sobre todo no se te ocurra hablar.

Cuando era niño y alguien del pueblo se moría, y mi cabeza estaba puesta en mil juguetes y fantasías, mi mamá me ayudaba a agarrar recuerdos, decía: -¿Recuerdas cuando te mandó traerme aquella bolsa de compra? ¿Te acuerdas de cuando te regalaba canicas? ¿Y de cuando cenamos con ella en aquel restaurante? -Uno a uno me los iba dando en la mano, y cuando creía que tenía suficientes, me los ataba con un beso en la frente para que no se escapasen y se perdiesen. Yo hacía mucha fuerza para tenerlos bien sujetos contra mi pecho, y tenía mucho miedo de que se soltaran. Mamá me daba la mano, salíamos afuera y empezábamos a caminar por la calle de los arboles altos como gigantes, rojos y verdes, frescos y susurrantes, igual que todos los demás, iban como nosotros, de negro, con sus recuerdos bien agarrados, en un silencio roto únicamente por el oleaje de las ramas.

El sol nos daba de cara y nos cegaba convirtiéndolo todo en siluetas, se pegaba a la ropa, nos hacía sudar, como siempre que alguien del pueblo se moría...

Llegados al puente del encinar podía divisarse "un poco más allá" el viejo tanatorio, a lo lejos, solitario, sobre una leve colina. Se podía ver, cuando el sol te dejaba, una fina corriente de figuras negras caminando a paso solemne y procesionario, por un camino de tierra hacia el edificio. Miraba a menudo a mamá y a papá, y en sus miradas no podía descifrar si no una profunda tristeza, ese tipo de tristeza que parece que lloras con la voz en vez de con los ojos. Ellos no me miraban, y yo volvía a poner la vista al frente, entrecerrando los ojos para combatir la luz del sol.

En parte era como un sueño, imágenes difusas, escasos sonidos, una atmósfera espesa y silente, ni agradaba ni desagradaba, simplemente había que hacerlo...

Llegados a la sala del féretro, la gente formaba una fila de a uno y, tomándose su tiempo, iban turnándose para soltar sus recuerdos allí. Yo jugaba a que podía verlos entrar en ella como si se tratase de su propia alma. Cada vez que alguien abandonaba la fila, podía ver que aquella profunda tristeza había sido sustituida por una solemne tranquilidad, algunos hasta parecían sonreír. Llegó mi turno, y me coloqué ante Doña Camila, la cual yacía inerte con los ojos cerrados. 

Era tan anciana...

No sabía por donde empezar, así que tomé un recuerdo al azar, ese que hablaba de cuando me agarraba los  cachetes tan fuertemente y lo solté, lo dejé ir, así hice con el recuerdo de cuando se puso enfermita y yo le llevaba caramelos, con la anécdota de la navidad pasada, con los cachetes que me daba en el culo cuando le tiraba del pelo a su nieta... Así hasta terminar. Cuando volví a mirar su cara, juro que vi su sonrisa. Entonces sonreí yo, abandoné la fila, la sala, el pasillo, el edificio, y me senté en el banco de la calle a esperar a mis padres.

Recuerdo que, cuando yo morí, hacía mucho sol. La gente se vistió de negro, salió a la calle con sus recuerdos bien cogidos de la mano, recorrieron la calle de los árboles, cruzaron el puente del encinar, caminaron hasta el viejo tanatorio, y allí, uno por uno, se despidieron de mí con cientos de aventuras y una enorme sonrisa, y eso me hizo tan feliz... 


Cuando todos hubieron terminado, me senté un rato en el banco de la calle... y volví con mamá y papá.



20 enero 2012

Preludio de un asesinato imaginario

Una noche más en el Café Neptuno. No los vio entrar en el bar, pero percibió su presencia desde la barra, ese olor penetrante y repugnante a fascismo mal disimulado en su tono de voz imperativo y cortante. Una voz digna de un general del ejército, palabras de histeria en rostro calmado. Iba acompañado por su rebaño particular: su sebosa mujer, fea y desfigurada a causa de de la ingente cantidad de cigarros que apagaba en sus pulmones día tras día desde hacía ya unos treinta y muchos años. La también gorda de su hija, que chillaba exigente y se reía con la dignidad de un asno, y su cuñada, uno de esos prototipos de buitre, delgada y arrugada, con un gesto adusto de superioridad, y profundamente amargada.

Y ahí estaban el enano de mierda con su triste bigote, la foca, la foca hija y la ceniza más seca en doscientos kilómetros a la redonda, exigiendo, que no pidiendo, la maldita carta de raciones en la cual pretendían hallar su cena. No tardó en llegar, todo sea por la satisfacción del cliente.

En seguida se abalanzaron todos sobre el librito, y en pocos segundos ya volvían a exigir "la-atención-que-se-merecen". Pidieron lo de siempre, panda de cabrones. Tras la barra se respiraban miradas tensas, bufidos, y resignación. Mucha resignación.

No se había posado siquiera el plato en la mesa, y ya estaba la gorda de la niña pinchando las patatas con el tenedor, lo cual estuvo a punto de desencadenar un gracioso y cálido accidente sobre ella. Más de uno lo deseó con fuerza, pero la suerte sonríe a los estúpidos, y nada ocurrió. Apenas llegaba un plato a la mesa, metían sus manos como cerdos en ellos, comiendo con el ansia de una bestia hambrienta, masticando incluso los huesos, haciendo un ruido repugnante parecido al que hace la mierda cuando se remueve. Comían con la boca abierta y hablaban con la boca llena. Reían y trocitos de carne salían despedidos en todas direcciones. La ñiña gritaba: ¡QUIERO MAYONESA! Y la gente hacia acopio de respeto para no escupirles a la cara.

Terminaron su sangriento ritual, y el padre del chico salió a saludarles y a preguntarles si la cena fue de su agrado, algo más bien protocolario, pues era absolutamente impensable que aquellas bestias tuviesen gusto alguno. Preguntó por el hijo, quien tiene la suerte de no ser un hediondo saco de vísceras como ellos, y pregunto si aún seguía saliendo con aquella chica. Un prepotente "Si" inundó la mente del joven, quien advirtió la mentira y sonrió hacia el suelo mientras fregaba un vaso, prefirió guardarse para sí esa satisfacción: La satisfacción de ver tras la máscara de ese proyecto de familia, y ver el montón de mierda que realmente son, ver a través de ese telón de acero que se empeñan poner ante sus vergüenzas, y saber que una simple palabra los haría sentirse profundamente humillados. La oportunidad le llega a los que saben esperar.

En la radio sonaba algo de los Willowz.

03 octubre 2011

Manual de viaje (Parte I)

Hacía como media hora desde que las habíamos tomado, cuando empecé a notar los primeros efectos de esas piedrecitas filosofales. La primera oleada llega de golpe, sin previo aviso, se siente como si hubiese explotado una bomba de adrenalina dentro de uno, que recorre el estómago, los brazos y las piernas, entumeciéndolos. El cerebro parece hincharse por un momento como un globo, y notas pequeños fríos y calores por distintas partes del cuerpo. La percepción comienza a embotarse, los rojos se vuelven más rojos, los azules más azules. El corazón se pone a mil, y la angustia hace acto de presencia. Es una sensación que fácilmente podría confundirse con un ataque de nervios, como si de repente percibieses que algo falla, no sabes qué exactamente, pero algo falla, las formas están empezando a actuar extrañamente cuando no las miras directamente. puede parecer desagradable al principio, y para alguien tan susceptible como yo, esa sensación es un infierno.

Siempre tengo miedo al sufrir una taquicardia. intento parecer tranquilo sentado en el sofá, donde Mr. Rocket, J.M., y la chica de verde aún esperan oír en su cerebro el Bang de salida, que dará rienda suelta a la más extravagante de las locuras. Según ellos no ocurre nada aún, con lo cual no sé si todas estas sensaciones corresponden a lo que había ingerido, o por el contrario era una reacción psicológica, un efecto placebo autoinducido. No me gusta, ellos están riéndose mirando vídeos en Youtube, y yo no puedo parar de pensar en la bomba de relojería que va cada vez más rápido en mi pecho. Al rato alguien dice: vámonos. Y nos vamos.

La calle era un lugar tan extraño, de todos lados llegaban haces de luz directos a mis ojos, como si no hubiese otro lugar al que caer. Soles por todas partes, reflejándose en todas las ventanas. Qué más da dónde vayamos. Aquí sólo se escucha un ritmo trepidante de latir en el pecho. Mr. Rocket hace muchas tonterías, pero no se si será por el ciego o porque él es así en realidad. yo le sigo el rollo y me doy cuenta de que cada vez voy flipándolo más. Alguien dice: Mira esas caras. Y yo las miro, y no hay dos iguales, lo juro, no hay una menos interesante que otra.

Por entonces caminábamos a través de Canalejas, rumbo a Jesuitas, o eso creo. Me convencí de que sí cuando ya habíamos cruzado el arco que presagiaba el césped, y J.M. no hacía más que preguntar si nos había subido esa mierda, Mr. Rocket sólo suspiraba, y la chica de verde quería llegar a la fuente. ¿Dónde estaba la fuente? Yo en mis adentros elucubraba que todos teníamos como destino llegar a un chorro de agua donde apaciguar la temible sed que nos invadía la garganta, pero "La Fuente" resultó ser sólo un lugar donde habíamos quedado con unos amigos italianos. Lo habían mencionado, pero apenas lo recordaba. Apenas recordaba nada, y daba igual, aquel lugar era tan verde, tan natural, tan poco humano, tan de mundo que lo que menos importaba eran los recuerdos. Y el corazón latía...

12 agosto 2011

Rayuela (Julio Cortázar)

"De la palabra a los actos, che; en general sin verba no hay res. Lo que mucha gente llama amar consiste en elegir a una mujer y casarse con ella. La eligen, te lo juro, los he visto. Como si se pudiese elegir en el amor, como si no fuera un rayo que te parte los huesos y te deja estaqueado en la mitad del patio. Vos dirás que la eligen porque la aman, yo creo que es al vesre. A Beatriz no se la elige, a Julieta no se la elige. Vos no elegís la lluvia que te va a calar hasta los huesos cuando salís de un concierto."

~Julio Cortázar

09 agosto 2011

Fragmento de papel en el suelo...

A Pizco no le gustaban las cosas difíciles, y sin embargo, seguía pidiéndole que le contase aquellos cuentos tan raros. Algunas noches, recordándolos, tardaba en dormirse y se sentía muy intranquilo. ¿Se escaparía un día Sorpresa de verdad y le dejaría solo para ir al encuentro de aquella gente distinta? Claro que no podía, porque era muy pequeña. Pero ¿y si crecía de pronto, de tanto entender las cosas difíciles?

05 agosto 2011

Similitud y diferencia

Déjame explicarte. Tu amas en silencio desde donde estás, sin hacer ruido, inconscientemente, altruistamente amas, como ausente de buzón y sobrante de mensajeros, mandas tu amor a trombazos y lo que recibes lo dejas amontonado en un rincón, amas con un amor de niños columpiandose y no te preocupas, sólo tienes fé, crees en algo y es tan fuerte que aunque te estrelles eres capaz de continuar y amas de forma inmadura y alocada, amas en una melodía improvisada y das saltos y botes sobre el amor y no sufres apenas la tenue fuerza de la gravedad, la realidad.

Sin embargo, me quieres ruidosamente, me piensas y me estimas en la ausencia, me recuerdas a mi y te recuerdas que yo, lo conviertes en razonamientos y me quieres para tí, quieres que sea tuyo porque yo quiera ser tuyo, quieres que te ame, y que te tenga, que no te deje, que esté contigo, con locura, con sinceridad me quieres, y lo llorarías todo...

En cambio yo, amo ruidosamente, pensándolo y teniendolo todo en cuenta, recuerdo y recuerdo y recuerdo y me revuelco en las posibilidades, lo razono todo y lo quiero todo para mi, amo casi egoístamente, sin piedad ni remordimiento amo, y escribo el amor en mil párrafos y lo leo y lo convierto en pequeñas fórmulas inacabadas con resultados inexactos, calculadamente amo, maniáticamente, lunaticamente amo.

Pero a pesar de ello, te quiero con unas alas que no tuve nunca, y quiero para ti ninguna barrera en el mundo, te quiero en silencio desde aquí, cara contra almohada, te quiero altruístamente enviándote cartas constantemente, y guardando tu amor en el cajon de mi mesita, te amo a ráfagas, como un niño en un parque, y tengo fe en ti, creo en ti, confío en ti... y me estrello, y continúo. Alocadamente te quiero, e improviso melodías en este amor, que no se deja vencer por ninguna fuerza, ni siquiera la fuerza de la gravedad, la propia realidad.

28 julio 2011

Aroma (Capítulo nº 8 de Eleffegro)

Habitación 6 (Pablo), 28 de Febrero de 2010, 18:01


Lo que hay:


Un suelo lleno de polvo y trozos de tabaco. Un cajón abierto, con cuadernos que sobresalen. Un calcetín perdido en un rincón bajo la cama. Una cama deshecha. Un escritorio. Un ordenador portátil cerrado sobre el escritorio. Un cenicero sobre el ordenador portátil. Un cigarro sobre el cenicero. Humo sobre el cigarro. Un armario cerrado. Una pila de ropa sucia en un rincón. Un aroma a discusión y a pérdida. Una lágrima en el suelo. Una ventana abierta. Una lámpara apagada. Un libro a medio leer. Un chico que no sabe lo que siente. Un móvil tirado en el suelo, roto. Un grito de un yonki de mierda avisando de qué se yo. Una foto de Irene. Un recuerdo de Irene. Otro. Una botella de agua vacía. Tristeza, mucha tristeza. Un espejo que refleja a un muchacho de dieciocho años, con la cabeza entre las manos, haciendo un ruido parecido al que hace una persona cuando llora.


Lo que no hay:


Irene.

26 julio 2011

La cima es el fondo (Comer comas VI)

Yo era un niño desdichado que tiempo atrás fue hombre y te topaste conmigo alli arriba siendo nadie y yo te vi y sentí que eras grande sentí tu amor radiante lloviendo sobre los astros tan lejanos y tenues llorando de estar solos y bajo la misma noche que te vi nacer de tus risas te regale esa mirada que no viste y que te besaba con la misma pasión con la que lo hice más tarde yo era una bala perdida de vida herido de amores hajado y roto por dentro hecho añicos cristales poeta sin musa y llegaste con todo tu mundo a la espalda y entré en el por la puerta grande porque nunca fuí muy discreto cuando se trata de calar en la gente era todo caída y me salvaste era todo abismo y me sacaste de ahí y no se como agradecerte la oportunidad de amar que me regalaste todo lo que puedo hacer es seguirte y sonreirte tenerte mientras te tenga disfrutarte y guardar cada fotografía de cada día en la mochila como un recuerdo imborrable como lo fueron todos los otros con todas las otras y ser el capitulo mas hermoso hasta el momento el climax de la historia lo mejor que me ha pasado tú mi banquete y suite de lujo para este tu perdido y olvidado vagabundo y ojala siga siendo así de bonito ojala siga siendo tan bonito el hecho de verte sonreir como cuando alzas tus bostezos sobre la mañana y nos arropas a ambos con un beso ojala nos queramos queriendonos sin compasión y sin piedad desgarrandonos los huesos hasta la fibra y queriendonos tanto queriendo llorar de emocion por estos dias sin gloria que tenemos que pasar y que pasaremos oh si pasaremos y nos veremos al final de esta cuesta riendonos del pasado volando como nos merecemos con las alas que nosotros mismos nos damos creer en posibles por una vez en la vida y por una vez en la vida no sentir que es en vano.

Paciencia

Tengo una vida sincera, tenemos, que no compartiremos con nadie que no sea nosotros, que no hará caso de flechas ni de ganchos, ni de llantos frustrados a la orilla del infierno, ya los pasamos, en serio, tuvimos que hacerlo para alcanzar el cielo y aún habiendo llegado nos vemos con las mochilas llenas de demonios, gritando, tirándonos del pelo. Pero siempre pudimos presumir de una paciencia de dioses capaces de soportar la carga mas pesada, de una constancia de escribas, de pintores, que no dejan atrás lo que no está perdido, y de una compasión de niños, que no merece ni la más mísera risa.

Seguimos arriba, en la cima, cada día más alto que el anterior, viendo detrás cómo nuestras pisadas se pierden en la lejanía, y un inmenso futuro aún por conquistar, un horizonte que nos sirve de guía, y caminar, caminar sobre los baches y las grietas, esquivar cada piedra, o comérnosla, pero aguantando, al fin y al cabo, porque nos tenemos y sin querer nos tuvimos y aunque no queramos nos tendremos.

Me limito a darle aliento de sonrisas para quitarle los fantasmas de la cara, consejos de amigo, recuerdos, juegos y preguntas, somos nómadas, pero caminamos juntos, independientes el uno al lado del otro, así que adios, fantasmas, adios, demonios, seguid luchando, y cansaos pronto.

24 julio 2011

Fantasmas en el horizonte


Cómo lidiar con la autocompasión que tanto odio, si de tí sólo tengo las palabras que eliges mostrarme tras este muro de kilómetros, si amas a los cuervos que pretenden sacarte los ojos y yo me muero de impotencia en mi asiento, viendo como te precipitas a la masacre y sin embargo no estar condenado sino a verlo, ver como poco a poco creo sentirte desaparecer en las manos de otro, y necesitar quizá mentiras para mantener viva la esperanza, mentiras, las temo más que a la verdad. Sólo te pido que escuches el frío susurro de viento que mis huracanes te hacen llegar, y que no me vendas cegueras felices, ni ignorancias ni utopías, ni maldita sea máscaras que maquillen la crudeza de la realidad, que no me pierdas creyendo tenerme, que me abandones si no me quieres, que me abandones si le deseas, que me abandones a la poesía si de poesía te nutres y vacías mi alma con ilusiones que se romperán algún día, si la melancolía me puede y me deja la garganta fría, agarrotados los dedos y en un puño el corazón, mi cabeza dolía de pensarte loca de risas en boca de aquel que te ama y a quien a pesar de todo nutres de alas y palabras que ni siquiera tú sabes corregir, abandoname a la poesía si ves que es tarde y el baile termina, y se apagan las luces y te quedas sin mí, si no me imaginas en tus mejores besos, abandóname, si no es a mí a quien buscas cuando la miseria se orina sobre tí, abandóname si dejo de ser la raíz de tu dicha, y sólo soy un obstáculo a quien creiste tomar por ayuda, sin escrupulos, sin rencores, pequeña, abandóname si la guerra es dura y luchamos en bandos contrarios, a la poesía de este poeta que sonríe a los astros que no le sonríen, de este poeta que llora besando y rie de tristeza, y pinta retratos de lágrimas con gotas de lluvia, y se va con lo puesto, qué se yo a cazar tus fantasmas y vuelve aterrorizado y muerto de miedo a la cama, y sólo pronuncia tu nombre, que quizá ya no sea tan mío, y me convierta en algo tan poco tuyo que ahora sea tan yo mismo, y a la vez tan de nadie.
A veces creo no poder seguir con el corazón de una pieza, cuando sé que le das munición a quien pretende matarme, otras cierro los ojos y espero esa explosión y ese cálido atravesar de bala en mi pecho, y otras sólo me abro por dentro y no puedo mas que sonreir al ver que puedes ser feliz, con o sin mí.

22 mayo 2011

Personal (Comer comas V)

Desde que caminé descalzo los senderos de tierra de paisajes cielos eternos despejados y pocas nubes cubriendo deseos viniendo desde allí lo más lejos de donde vienen los sonidos de piano y el simple punteo pero a la vez punzante que rasga el corazón como si fuese tiza y todos los colores son escasos en esta dimensión a prueba de humanos tan pura y sincera como al principio esta idea eterna a la que solo la música le hace justicia un rasgueo una nota cualquiera seguida de otra que se arrodille ante la primera y así sucesivamente un patrón definido pero inconstante algo nunca conocido pero relevante y el espíritu de la verdad escondido pero alegre de que alguien le busque a él y no a la mentira agonizante en el centro de las plazas aglomerándose para hacerse saber únicos sólo un puñado de grumos que quieren ser parte de una historia que no les tendrá en cuenta me lloro y me río conociéndoles por dentro sin saber qué fue de sus vidas si es que fueron vidas y no cuentos muertos antes de nacer ya eran únicos y de tan únicos poco apoyados les tocara llorar su queja dentro de su burbuja y creerse revolución donde sólo fueron bache y no saben que el cambio no es cosa de uno sino de ellos no pretenden vivir sino que otros vivan sin saber que la vida es de uno y no del resto creyéndose héroes por salvarles y siendo en realidad estúpidos comprasueños suicidas morales kamikazes sociales y marionetas políticas no esta en sus manos nada más que su felicidad y la venden a cambio de nada de un pequeño estornudo en el discurso de mil lenguas de serpiente mejor dedicaos a ser felices con lo que os dejan tener y entenderéis que vuestra vida valió la pena cuando vayáis a morir y lo hayáis probado absolutamente todo en vez de llorar porque otros decidieron mentiros escuchad escuchad escuchad y solo hablad cuando tengáis razón no cuando creáis tenerla.

26 abril 2011

Acates de pánico

Pienso que al mundo le faltan caricias a veces, y abrazos, y que a muchos de sus hijos jamás les han querido lo suficiente, y me encuentro que soy tan novato como siempre, pero un poco más confiado, historias del pasado me advierten de posibles errores presentes, confiar demasiado, todo el mundo miente, y es cierto: Todos tenemos secretos, todos sabemos algo que sólo nosotros sabemos, todos ocultamos, a veces mereciendo dolernos por ello, y otras con tanta inocencia que no necesitamos pedir perdón para tenerlo. Pero es triste, me refiero, no ser capaz de de brillar del todo, estar condenado a ocultar siempre una parte por miedo, o por antojo, conveniencia, quién sabe, cada uno a su pedo.

Ya ha pasado antes, y me ha pasado antes, vivir en una burbuja de ignorancia, siendo continuamente consolado por falsas verdades, u ocultas, o mentiras piadosas, y he aprendido a buscar la desconfianza donde no la hay sólo para explotarla, la burbuja, sólo por el puro placer de entender el porqué del engaño, no hay enfado, no hay odio, ira o violencia. Sólo una profunda y arrollante decepción, la decepción de haberte vendado los ojos para ser guiado, y de que no te avisen del escalón, teniendo por ciencia cierta que los proveedores de dicha confianza traidora piensan en mí como en un frágil accesorio más que como en una persona. 

Eso... duele.

Pero nunca fui de esos rebeldes de rifle en mano que luchan por sus sueños hasta la muerte, mi madurez está compuesta de sueños rotos y de esperanzas perdidas, se forjó a base ideales abandonados y llantos desconsolados, he aprendido a renegar de los deseos y a abandonar las oportunidades, y soy fuerte en ello, en decir que no a las utopías, y en no creerme la mitad de lo que pienso. Sé dejar a un lado una causa perdida, y quién sabe si lo haré llegado el caso.

Pido perdón si en éste monologo se imaginan mi voz vacía, lejana, triste, o rota, es sólo que soy humano, y como humano del montón, a veces siento que la confianza me ciega, que no veo el próximo paso, y tengo miedo de que éste sea un adiós.

Lo siento.

10 abril 2011

19

Quizá siga comiéndome años hasta que mi corazón se aburra de latir, no sé cuánto demorará hasta entonces, ni a qué olerá el aire que respire con mi ultimo aliento, ni siquiera sé en quién demonios pensaré mientras me apague, ni si recordaré el color de sus ojos, ni lo que me prometí hace años, ¿Lo aceptaré? ¿Me resistiré? 

Quién sabe...

De momento todo lo que puedo hacer es aprender a perdonar ciertas cosas, y a pedir perdón por otras, agradecer el viaje, pagar el billete, sentarme de cara al amanecer, y esperar sin esperar nada.

03 abril 2011

Bosquejo nº 1 sobre una sonrisa: Amor bizarro

"Se besaron en una esquina del universo 

y luego se dieron la mano 

para bajar del abismo a la realidad."


~Escandar Algeet



Dicen que los principios siempre son hermosos, y que los finales suelen ser horribles, pero temo que debo tener algo mal por dentro porque mis comienzos siempre han sido caóticos y confusos, y mis finales siempre los he encontrado, por qué no decirlo, hermosos. Hermosos dentro de ese contexto de tristeza y recuerdo que forman un bucle realmente agotador, tanto para la mente como para el corazón. Tan hermosos, con todas las lágrimas que conlleva, que si los miro un poco con perspectiva puedo incluso dirigirme una sonrisa de compasión y nostalgia, un "fue bonito", un par de ojalases, y utópicas e infinitas ganas de volver.

Ahora, lo que es ahora, puedo mirar a mi espalda y observar nuestro principio, puedo vernos reír cada payasada con todo el cuerpo, puedo recordar nuestro primer cruce de miradas y la primera vez que me negué de ti, y la primera vez que no lo hice, la primera vez que te deseé tanto que se me astillaron las costillas de luchar contra mi corazón. Puedo oler de nuevo tu pelo por primera vez sin que apenas te des cuenta y apreciar en el recuerdo la melodía de tu risa haciendo eco a través del tiempo, y reírme aún contigo aunque no estés aquí, puedo ver que no ha ni dos meses ya eramos dos bombas de relojería activadas y listas, y me gusta recordar con detalle cada hebra de esa mecha consumiéndose lenta pero inexorablemente con el único objetivo de explotar. Y explotó. Vaya que si explotó. Explotó dejándonos desnudos ante un futuro cargado de poesía, explotó y nos pilló abrazados una noche cualquiera, medio jugando medio no, y me pediste que te regalase un recuerdo eterno, y ahí estuvo a la vez el acierto, y el error, y el beso. 

Ahora mismo me aferro a la ultima imagen que poseo de ti, saliendo por esta mierda de puerta que anuncia más de lo que oculta, con esos tristes ojos grises evitando mirarme, para no sentir compasión, ni pena, para huir de un último beso más, no hacer más dura la guerra, y sólo irse, sin arrepentimiento, sin dudas, sin una última canción. Y sé que no te he perdido, lo sé, pero éste sentimiento se parece tanto, me muerdo las uñas de incertidumbre acariciando mi nudo del estómago y lo que no sé es si continuamos en el principio, en nuestro caótico y hermoso principio, o en el final, también caótico, y supongo que, con el tiempo, hermoso.

Y no hace unas horas que te dejé marchar, pero sólo de imaginarte no volviendo a entrar por esta puerta, ya te estoy echando (ni te imaginas cuánto) de menos.


20 marzo 2011

Atardecer en un zapato

El bodegón era sencillo. La tela de fondo era roja, pero roja más bien tirando a granate, roja oscura, casi como la sangre, pero más apacible, más suave, parecía típica tela que envuelve una amplia y pornográfica cama, con su respectiva dama llena de lujuria invitándote a navegarla, con palabras de deseo que nada tienen que ver con el amor, una trampa para inocentes, un juego para veteranos, sí, de esa clase de rojo hablo. 

Sobre una mesa se situaba el jarrón blanco sin flores, el de las bandas azules en el cuello, sí, el de el asa de perfil, sí, con su tacto frágil e inocente, en contraste con la tela de fondo, sin arrugas, pero con esas sugerentes curvas, a veces tan difíciles de copiar aunque a la vista resulten tan sencillas, está mirando ligeramente hacia la izquierda, sin querer mirarte a la cara, ese jarrón blanco engañoso, cuya piel repleta de sombras y reflejos es todo un laberinto de tonalidades y brillos imposible de superar, largos días pasaras descifrando el misterio del blanco, que no es más que blanco, pero un blanco que refleja todo un mundo ajeno al bodegón, que te lo muestra tan distorsionado que parece burlarse de ti, y para colmo tienes, debes pintarlo. 

A su derecha la clásica botella de vino verde vidrio, vacía, para no variar, y sin etiqueta ninguna, odiando por siempre la publicidad, medio ebria todavía, sólo mirándola puedes percibir un ligero olor a tinto rancio, a resaca. Dentro de ésta se encuentra una rama seca ya, de la que brotan un par de hojas, también secas, caídas, muertas, borrachas quizá. Un divertido pensamiento cruza por mi mente, y pienso que quizá sea esa rama quien se haya bebido la botella. Tampoco es una idea tan descabellada.

Delante de la botella, un poco más hacia la derecha, está la mazorca, una mazorca a lo Van Gogh, tan amarilla como él, desafiando toda realidad con sus desérticos tonos, y su nostalgia, se echa de menos un azul a su lado, un cielo de pájaros negros, un puñado de trigo, un girasol, mimbre, o algo así. Muy familiar, muy rural, enamoraría a cualquier anciano.

El zapato. El zapato delante del jarrón. El zapato de cuero delante del jarrón, a la izquierda de la mazorca. El zapato de niño de hace décadas. Un zapato de cuéntame. Un zapato de cuero de cuéntame, de niño guerra civil, un zapato de franquismo. Ese zapato marrón oscuro, gastado, viejo. Un objeto en el que la juventud y la vejez se fusionan, dando lugar a un sentimiento de nostalgia que no nos pertenece, como si comprendiésemos una pesada vida que no fue la nuestra, un mudo zapato que cuenta mil historias. Es marrón oscuro, no lo olvides, de cuero, de hace décadas, y está delante del jarrón. Mirando a la derecha, no con otra intención de que veas las cicatrices de su costado, dónde se esconden sus cordones, esas costuras aún firmes, esas lágrimas de barro aún en el borde de una gastada suela de goma.

Y el atardecer, o mejor dicho, la manzana, dentro, en la boca del zapato. Lo que pasa es que en el cuadro de ésta mujer la manzana aún no está terminada. En el cuadro de ésta mujer es lo único que falta, aunque me inclino a pensar que la imagen de por sí ya es preciosa. Esa manzana inacabada que parece una ventana hacia un atardecer. Manzana sin sombras degradada del rojo al amarillo, un círculo conceptual puesto sobre la realista pintura, un agujero en el cuadro, que se asoma al atardecer. Atardecer en el que faltan las sombras negras de los pájaros que vuelan hacia el sol, atardecer en el que faltan las colinas y las parejas sentadas en el césped, o un banco, o bajo un árbol, como en un cuento. Atardecer sin música, al que le faltan nubes, un plano atardecer, un atardecer ausente de todo menos del cielo, y a a pesar de, o sobre todo por ello, infinitamente hermoso.

15 marzo 2011

Dinámica

Ese día, había cinco pájaros posados en el cable de tensión que cruzaba la calle Arbiel, una señora esperaba en la parada número ocho de la línea tres de autobuses dirección Campales, Andresito jugaba con una pelota de goma en el balcón, y su mamá hacía la comida. Un director de instituto despotricaba en la calle al ver la multa que le había puesto un policía local hacía tan solo dieciséis minutos, tres amigos reían en un parque, observados de lejos por Irene, un honrado trabajador cruzaba con prisa un paso de cebra con el muñequito en rojo, un coche daba un frenazo, había que cerrar la ventana de casa de Inés. En el tercero segunda del número veinticuatro de la calle Valencia, Daniel fumaba, y su compañero de piso se despertaba con resaca. En el piso de abajo una mujer llora, y en la azotea María respira libre. Alguien observa las nubes a orillas del río, y otros hacen compras, nadie da ni un céntimo a la anciana que pide arrodillada en la puerta del super. Él sufre una brutal paliza por parte de un grupo de atracadores, y mientras su padre se rasca la barbilla preguntándose cuánto tiempo le queda. Gabriel quiere decirle algo a la chica que ama, pero no se atreve, ella se encuentra en la estación de tren pensando no en Gabriel, sino en Fran, quien en ese momento escribe un sms a Sonia, que pone el móvil en silencio para que no lo oigan en clase. Y otro chaval de esa misma clase se duerme sin querer, y se ríen de el sin que se de cuenta.

Al día siguiente, no había ningún pájaro posado en el cable de tensión que cruzaba la calle Arbiel, quien esperaba en la parada número ocho de la línea tres de autobuses dirección Campales ahora es un estudiante de informática que llega tarde a clase. Andresito ve sus dibujos favoritos mientras huele la carne, su mamá llora de nuevo en la cocina, y en el piso de arriba Daniel fumaba, y su compañero de piso Gabriel de nuevo piensa en Inés, cuyo gato acababa de caer por la ventana abierta de su casa. Un honrado trabajador estaba en la habitación 316 del hospital Santa Catalina con múltiples fracturas, en la habitación 317 hay una anciana desnutrida, y él está en la 318 muerto de rabia, sin cartera, mientras que su padre ya no va a despertar nunca más. Un policía juega con su hija en su día libre, y un director de instituto dimite por estrés. Tres amigos se drogan en casa de uno, Irene se pregunta dónde están. Sonia hace el amor con su novio, pero piensa en Fran, quien ahora mismo visita a su padre en la habitación 318 del hospital Santa Catalina. En el ascensor del número veinticuatro de la calle Valencia, el papá de Andresito se mira al espejo, e intenta ocultar las marcas de los besos de María. Alguien juega a orillas del río con la pelota de goma que se había encontrado en la calle Valencia, mientras que su amigo duerme en el césped, esta vez sin que nadie se ría de él.

Y mientras tanto, otros compran en el super de la calle Arbiel, y nadie observa las nubes...

26 febrero 2011

Ocre (Comer comas IV)

A veces me gusta oler su pelo cubiertos de noche que ni lo note me impregne de su color por dentro y sonría mejor que en los mejores sueños así cualquiera duerme con todo un mundo muerto de celos alrededor y un concierto de piano sólo para nosotros y nuestras tonterías que ni me oiga susurrar lo que apenas digo para no interrumpir la pelicula nuestra película con nosotros sus protagonistas y espectadores haciendo malabares tras las persianas o que lo note que lo note y se apresure a retener las palabras en su laringe se ve tan mona cuando finje cuando es un libro abierto que no se rinde que quiere cerrarse pero de torpe vergüenza no puede, y tampoco es que quiera pero debe y quien soy yo para forzar tan bella cerradura me limitaré a observar cómo se sube a la risa y como se da a la locura y me encanta verla hacer equilibrios sobre sus dudas porque estoy debajo colocando una red a prueba de roturas y de impactos que se caiga que se caiga le digo que no se hará daño que se lance al vacío que la espero aqui abajo para regalarle unos chistes y unos abrazos y que se ría que me regale la imagen de sus dientes reflejando todos los atardeceres que echa de menos mi corazón que se vuelva el más bello paisaje imagen de recuerdo infinita indeleble imborrable como una sonrisa desde un balcón o una mirada cómplice desde un rincón la echo de menos de broma y en serio y supongo que ella diría lo mismo sin apenas forzar la situación pero sí empujándola un poco para evitar que se duerma el deseo el amor lo que sea que haya que se esconde tras nuestros ojos por miedo a cambiar el patrón de futuro que tanto nos costó y qué importa me digo yo a veces pero bueno así soy yo tiendo a la locura y a derribar mis propios castillos de naipes por eso me callo y evito besar aunque a veces me hago sangre en el alma de tanto aguantar quisiera besarla besarla sin mas y que el mundo se calle y nos de la espalda si quiere que explote de rabia regalarle suavidad de segundos infinitos comodidad de almohadas compartidas seguridad de cuerpos fundidos pasión de lenguas trenzadas amor de miradas palabras de nido utopías y destierros bajo la luz de la nada hablar de todo pregunta tras pregunta en una cálida sinceridad que no da ni la mejor ducha vendernos poesías a cambio de pestañas que cumplen deseos y dejar morir nuestros miedos para que vivan nuestras alegrías quisiera decirle todo esto al oído en una de nuestras mañanas de sol y río o en un atardecer naranja su color favorito arrullados por los tristes alaridos de Frusciante medio dormidos ojalá fuese tan simple pero no quiero cambiar el color de su camino porque en parte no me perdonaría aunque se jacte de aguantar como piedra los enfados hasta diluírlos no me perdonaría un cambio tan drástico nos rompería se rompería les rompería y todos rotos y locos nos precipitaríamos en un vórtice del que tan pocas veces he salido al que no me importaría entrar quizá porque nunca estuve fuera pero no está preparada lo sé lo siento y el futuro hablará y yo escribiré igual que pienso pero no haré nada no por cobardía sino por respeto me morderé los dedos y la esperaré aquí dentro lanzándole flechitas inocentes que no pretendan más que un roce de manos o un par de sinceridades ni siquiera sabe que le pertenecen mis excusas de cine me dijo que le gustaron sin más y sonreí pícaro pensando "y lo que no sabes" en fin ojalá confiemos en nosotros mismos siempre un poco más que en el otro y sepamos mover nuestras fichas en pos de lo que creamos mejor para esta vida el resto solo serán sonrisas y anécdotas que contar a los nietos...

14 febrero 2011

Me voy a comprar una planta


Me voy a comprar una planta, y le pondré nombre, quizá le ponga Ganímede, es un nombre que siempre me gustó mucho, precioso, cristalino, celestial. 

Prometo regarla todos los días, y hablarle de vez en cuando para que no se sienta sola, para que crezca fuerte y le contaré secretos y ella me mostrará sus flores me pregunto de qué color serán, si olerán a mis palabras, y de qué forma, seguro esperará ansiosa el sol por las mañanas y cerrará sus pétalos con sueño por la noche, la llevaré al balcón algún día a ver a los transeúntes, ése pedacito de mundo, a la anciana del ático de enfrente, a imaginarse atardeceres detrás de ese edificio, me gustaría que viese el naranja y el azul del cielo desde mi ventana y me contase mientras duermo todo lo que sueña.

Le presentaré a mis amistades, aquellas que tengan la suerte de verla, y a alguna que otra chica que me traiga a casa, para que me conozca en boca de otros y tenga confianza, que no le haré daño cuando le cambie la tierra, y buscaré la maceta más bonita en la que verla crecer, impaciente como yo por tocar el cielo.

Arrancaré con respeto cada hoja seca que deje caer, y le hablaré de los amores pasados que también tuve, le hablaré de entonces, de cuando era feliz, alguna que otra anécdota, del día que lloré tanto hacia dentro que vomité lágrimas, de mis peores borracheras, de mis mejores amigos, le diré que no debe dejarse caer, que es su destino ser fuerte, y que haga crecer sus retoños, que las cicatrices endurecen y algún día serán tronco, que no llore, y que si lo hace, que merezca la pena.

La veré crecer a modo de padre, y me veré reflejado en ella como una hija, y poco a poco, inevitablemente, la veré secarse, e irse, llevándose consigo parte de mí, sé que sonreirá ese día, porque no querrá verme triste, y la dejaré retornar a la tierra de la que salió, en el más personal de los funerales.

Entonces llegará el más enajenado de los ignorantes y me hará sangrar por dentro diciendo: Si solamente era una planta.

Y en parte, tendrá razón.

11 febrero 2011

Un sueño triste

Estábamos en un gimnasio, o algo así, de suelo azul y columna en el medio, nos tenían encerrados, creo, y hacían coreografías. Ella y yo observábamos desde unas colchonetas, y otros se peleaban con espadas de madera.

Después no sé qué pasaba, pero ambos corríamos entre los escombros de un sueño color blanco, negro y turquesa, hacia un edificio, éramos ágiles entre las rocas, y esquivábamos al profesorado, teníamos que robar ropa.

Dentro del edificio, estaba el cesto grande de la ropa, toda la ropa blanca. Cogemos algo, no se si unas camisetas o unos calzoncillos y regresamos corriendo de nuevo por los escombros.

Ahora ella y yo estamos entre unos edificios color salmón. Y me habla de su madre, que trabaja en no sé dónde, viene a buscarla, y se la lleva en el primer tren que pasa. Recuerdo haberle dicho que desde que se fue, cada vez que monto en tren me muerdo los dedos, y se los enseñé, llenos de heridas.

Entonces me monté en el siguiente tren, que me llevó a una estación en las afueras de esa ciudad, donde daba mucho el sol, y me sentía perdido, no había nadie, ni dónde ir.

Más tarde me encontraba en la plaza mayor de Salamanca, vendiendo postales bajo la lluvia, a una anciana con su nieto. Y no recuerdo más.