"Soy un vampiro, y tras años y años de experiencia aprendí a soportar la luz del sol, los ajos, y las estacas en el corazón."

~Jack Red

14 febrero 2011

Me voy a comprar una planta


Me voy a comprar una planta, y le pondré nombre, quizá le ponga Ganímede, es un nombre que siempre me gustó mucho, precioso, cristalino, celestial. 

Prometo regarla todos los días, y hablarle de vez en cuando para que no se sienta sola, para que crezca fuerte y le contaré secretos y ella me mostrará sus flores me pregunto de qué color serán, si olerán a mis palabras, y de qué forma, seguro esperará ansiosa el sol por las mañanas y cerrará sus pétalos con sueño por la noche, la llevaré al balcón algún día a ver a los transeúntes, ése pedacito de mundo, a la anciana del ático de enfrente, a imaginarse atardeceres detrás de ese edificio, me gustaría que viese el naranja y el azul del cielo desde mi ventana y me contase mientras duermo todo lo que sueña.

Le presentaré a mis amistades, aquellas que tengan la suerte de verla, y a alguna que otra chica que me traiga a casa, para que me conozca en boca de otros y tenga confianza, que no le haré daño cuando le cambie la tierra, y buscaré la maceta más bonita en la que verla crecer, impaciente como yo por tocar el cielo.

Arrancaré con respeto cada hoja seca que deje caer, y le hablaré de los amores pasados que también tuve, le hablaré de entonces, de cuando era feliz, alguna que otra anécdota, del día que lloré tanto hacia dentro que vomité lágrimas, de mis peores borracheras, de mis mejores amigos, le diré que no debe dejarse caer, que es su destino ser fuerte, y que haga crecer sus retoños, que las cicatrices endurecen y algún día serán tronco, que no llore, y que si lo hace, que merezca la pena.

La veré crecer a modo de padre, y me veré reflejado en ella como una hija, y poco a poco, inevitablemente, la veré secarse, e irse, llevándose consigo parte de mí, sé que sonreirá ese día, porque no querrá verme triste, y la dejaré retornar a la tierra de la que salió, en el más personal de los funerales.

Entonces llegará el más enajenado de los ignorantes y me hará sangrar por dentro diciendo: Si solamente era una planta.

Y en parte, tendrá razón.

11 febrero 2011

Un sueño triste

Estábamos en un gimnasio, o algo así, de suelo azul y columna en el medio, nos tenían encerrados, creo, y hacían coreografías. Ella y yo observábamos desde unas colchonetas, y otros se peleaban con espadas de madera.

Después no sé qué pasaba, pero ambos corríamos entre los escombros de un sueño color blanco, negro y turquesa, hacia un edificio, éramos ágiles entre las rocas, y esquivábamos al profesorado, teníamos que robar ropa.

Dentro del edificio, estaba el cesto grande de la ropa, toda la ropa blanca. Cogemos algo, no se si unas camisetas o unos calzoncillos y regresamos corriendo de nuevo por los escombros.

Ahora ella y yo estamos entre unos edificios color salmón. Y me habla de su madre, que trabaja en no sé dónde, viene a buscarla, y se la lleva en el primer tren que pasa. Recuerdo haberle dicho que desde que se fue, cada vez que monto en tren me muerdo los dedos, y se los enseñé, llenos de heridas.

Entonces me monté en el siguiente tren, que me llevó a una estación en las afueras de esa ciudad, donde daba mucho el sol, y me sentía perdido, no había nadie, ni dónde ir.

Más tarde me encontraba en la plaza mayor de Salamanca, vendiendo postales bajo la lluvia, a una anciana con su nieto. Y no recuerdo más.

06 febrero 2011

Susto de muerte

Me despido cada vez como si fuese la última, sólo para retar al destino a que me haga caso, a que tenga los cojones de mandarme fuera del ring de la vida de una vez, en parte con la seguridad de que los planes nunca salen como se piensan, y así, que cada despedida sea una forma de mantenerme en pié un día más. ¿Es para tanto? Me hago esa pregunta todos los días, cada hora, y cada respuesta es diferente, no, si, puede que no, quizá sí, no es normal, le pasa a más gente... Mientras tanto mi reino de posibilidades se reduce a aldeas de precauciones y me encierro, quiero decir, el mundo me encierra en una cárcel de miedo, por haber cometido el crimen de burlarme de la muerte, y es ella ahora la fianza que tarde o temprano pagaré.

Recuerdo una pequeña discusión con una buena amiga, pero decido volver a guardarla en uno de los cajones de mi memoria. No merece la pena removerlo más, en lo que a mí respecta su opinión era una pequeña pincelada verde que pretendía competir con el negro brochazo de la mía, mi color acabaría devorando el suyo, y quizá sólo se pudiese llegar a ver prestando una cercana atención en ese punto concreto de toda la inmensidad, con perspectiva ese verde apenas existiría. No, no lograste convencerme, ni tú ni los que siguieron tus pasos y tus palabras sin conocerlas, o dijeron algo similar. Lo único de lo que me convencéis es de que no habéis pasado descalzos por éste oscuro túnel, de que me habláis desde el otro lado, de que os faltan muchas horas de sudores fríos por vivir, y muchos latidos, fuertes, rápidos, para alcanzar a mi acelerado corazón.

¿De verdad es para tanto? Si, ya te digo que yo también me hago esa pregunta constantemente, y no me hallo, porque soy víctima de un solipsismo tan grande que apenas las palabras me sirven para comunicarme, y constantemente me encuentro a pequeños filósofos de pacotilla que pretenden tranquilizarme con sus teorías en vez de mostrarme una realidad, una jodida realidad. Parece mentira que sea tan difícil encontrar una crudeza de las de llorar por el puro impacto, únicamente están los que evaden la verdad de la muerte con pretextos inseguros y ficticios, y difunden sus plagas morales, sus cánceres de valores allá por donde pasan sus bocas, y continúan queriendo que me crea inmortal, y yo mordiéndome la lengua de rabia ante su casi dogmática ignorancia, pues no pararán hasta que les des la razón.

Lo peor de todo es que quizá, lo único que me pasa, es que envidio su felicidad.

27 enero 2011

Excusas de cine

Sabía que volverías a aparecer tarde o temprano, aunque fuese en los ojos de cielo de una cara distinta,
negaste una vez conocerme y aún me mirabas, desde lejos como se mira todo aquello que aunque no se quiera,
en parte se echa de menos,
y te reconozco en las facciones fugaces que nunca recuerdo, en colores de pelo que no son los tuyos y en sonrisa de pocos paletos en labios menos carnosos que esos con los que pronunciabas mi nombre,
es cierto, es ella misma saltando de cuerpo en cuerpo,
lo leo en la música que cree no ser, y es extraño, lo sé,
pero se me caen los abrazos al suelo con cada ráfaga de aroma que me regala su viento,
su aliento me roza y me incita,
y puede que sea mi mano hambrienta de piel la que cobra consciencia mientras yo duermo,
y las olas nos hacen visitas en sueños arrastrando cada uña clavada en la carne y cada gemido en el alma,
me acuerdo y a veces lo extraño y sonrío pero quiero llorar en el fondo,
tan hondo,
tan hondo que creo perderme y ahogarme, que no hay salida,
que mañana estaré muerto, que estoy en un pozo negro,
y de negro irán todos a apagar una a una todas las velas de mi entierro,
que en este mundo de mierda verte es consuelo,
es un giro de tuerca que pronostica alternativas y vende descansos a tres besos el metro cuadrado,
lo supe,
lo supe pero solo fui capaz de tenerte en mis pensamientos,
sólo en mi imaginación logré hacer realidad los bocetos en tinta de sangre de este tío, borracho de calles,
solamente compadecido,
si me vieran por dentro por un momento sus caras se tornarían en angustia,
se quedarían todos parados pausando la fiesta y agacharían la cabeza en modo procesión,
regalándole una lágrima de silencio a mi imagen,
colgado del hierro de baranda en un parque perdido de la mano de dios,
y yo me caería en mi cama más tarde al son de Black Sands,
abrazándome los hombros huyendo del frío, y decir:
mañana,
otro día será.